2. Primeros pasos

Domingo, ocho y media de la mañana. Ya empezaba a hacer calor y Miguel se despertó con sed. No tardó mucho en darse cuenta de que le dolía horrores todo al andar. Habían sido tres horas de pachanga y hoy se levantaba así. “Joder, estoy en la mierdísima”, se dijo a sí mismo mientras dejaba correr un poco el agua en la cocina. Curiosamente, había algo en esa sensación de dolor que le gustaba. Era un dolor bonito, unas agujetas fruto de la diversión. Como si hubiera estado en coma estos últimos años y tuviera que aprender a correr de nuevo. “Mañana me voy a cagar como no se me pase”, pensó.

El resto de la mañana la pasó en el sofá, intentando estirar las piernas y jugando con el móvil. Era el plan soñado por cualquier veinteañero de Instagram. “Qué pereza da viajar tan lejos. Además, ¿cómo lo hacen? La leche, ¿tanto dinero ganan los padres de la gente y yo aquí con cara de tonto?”. Quizá un poco sí, aunque la cara de tonto quizás la tuviera por no saber apreciar lo bueno de su situación. Una vez se dedicó a tragarse vídeos de autoayuda y sermones de Internet para intentar levantarse el ánimo, pero ya hacía varios meses de aquello y la motivación le duró cinco flexiones antes de volver por donde había venido. Y, sin embargo, se paraba a pensar en la mañana de ayer y se sentía mejor que en cualquiera de sus fútiles intentos por cambiar su vacía existencia. “A lo mejor esto es como ligar; si uno no lo busca, acaba llegando”. Así que se decidió a dejar de buscarlo. Sencillamente se propuso… vivir un poquito más.

El telediario hablaba de Michael Schumacher. Que se había quedado medio tonto, o algo así. Empezó a prestar atención y se enteró de que una mala caída esquiando probablemente le fuera a costar la vida. A un tío que lo había ganado todo y que tenía la vida resuelta. En un desliz. De repente le cambió el semblante; una cosa es que le pase a Schumacher, que se iría a la tumba habiendo vivido todo lo vivible (si es que esa palabra existía), pero se imaginaba a sí mismo cayendo a las vías del Metro o resbalándose en la ducha y se le puso un mal cuerpo que le hizo levantarse del sofá casi inconscientemente. En su cabeza, algo hizo “clic”: era hora de levantarse y andar, cual Lázaro resucitado. Si lo pillaba la muerte (“Dios quiera que sea dentro de muchos años”), que lo hiciera en condiciones, y no así. Se duchó con un poco de música de fondo, se vistió y se fue al gimnasio que había al lado de su bloque. Su salud (mental, sobre todo) bien valía los veinte euros que le pedían si quería pasar ahí.

— Hola, buenas. Vengo para inscribirme, he visto el folleto en mi buzón y me interesaba la oferta que teníais…
— ¡Claro! Toma, rellena esto y ahora me lo das —dijo con prisas la encargada de recibir a los alumnos—. Todo en mayúsculas, por favor.

Miguel López Vidal. DNI, número de teléfono, correo electrónico… “¿Haces ejercicio a menudo?”. “Como no sea levantarme a la nevera de vez en cuando…”. Alguna pregunta más y se volvió a dirigir a la recepcionista.

— Creo que ya está todo. Revíselo a ver si me he comido algo. Ah, y antes de que se me olvide, ¿puedo domiciliar el recibo?
— ¡Claro! Está todo perfecto. ¿Quieres empezar hoy mismo? Veo que vas en chándal. Ahora no hay mucha gente, si quieres te presento a tu monitor.
— Um, no tenía pensado, pero bueno, ya que estamos…

El “monitor” apareció por el pasillo. Si le dijeran que lo acababan de sacar de uno de esos programas de telebasura que estaban tan de moda, Miguel se lo habría creído sin dudar. Metro ochenta, pecho y bíceps marcados, patas de canario. Al menos tenía buena dicción y parecía agradable. Ni que fuera su trabajo, vaya.

— ¡Hey! ¿Qué tal? Yo soy Rafa, encantado. ¿Es tu primera vez en un gym?
— Sí, la verdad es que no tengo ni idea de nada.
— Bueno, te doy un tour rapidito y ya verás cómo le vas cogiendo el tranquillo. ¿Qué es lo que más te interesa?
— Quisiera quitarme un poco de barriga y ganar algo de resistencia, porque estoy para el arrastre, aunque si me pongo fuerte tampoco me quejaré.
— Bien, bien. Pues escucha, ponte en la bici veinte minutos y luego te voy a poner a hacer algunas máquinas. Muchas repeticiones, poco peso, ¿va? Y no te flipes porque luego te lesionas o te levantas molido al día siguiente. Aquí con calma, “partido a partido” como diría el Cholo, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja! ¿Eres futbolero?
— No mucho, la verdad, aunque ayer vi un poco del partido de las doce. Está fuerte el Geta, la verdad.
— Ya ves —dijo entre risas Rafa—. Bueno, voy a vigilar un poco al resto y ahora vengo si necesitas algo. Le das a este botón y a pedalear. Veinte, veinticinco minutos para que te vayas cansando y luego vamos a hacer un poquito de pecho y tríceps. Tú tranqui que te lo apunto todo en una hoja y ya te lo lees, ¿va?
— Sí, sí, sin problema.

Y a ello que se puso. En su vida había pisado un gimnasio y ahora acababa de pedir que le pasaran el puñetero recibo al banco directamente, con sus dos huevos. “A veces me sorprendo de las tonterías que hago”, se dijo a sí mismo mientras iniciaba el programa de la bicicleta estática. “Nivel 4”. 4 de 15, y Miguel se estaba preguntando cómo sería el 15 si ya le costaba mover las piernas aquí. Veinte minutos después, sentía que se le salía el corazón por el pecho, pero levantó la mano y Rafa le dio un paseo por las máquinas. Cuatro series de quince por aquí, cuatro de doce por allá… Después de coquetear con la pérdida de conocimiento fruto del esfuerzo sobrehumano que hizo en esa hora y media, se dirigió a los vestuarios. No traía nada, así que iba a lavarse la cara y a mirarse en el espejo. De alguna (inexplicable) manera, había ido al gimnasio y había aguantado el tirón. “Eres un titán”, pensó. Salió por la puerta y, ensimismado ya en sus pensamientos, se tropezó con algo, que acabó resultando ser alguien.

— Oh, perdón —dijo atropelladamente—.
— No te preocupes, aunque deberías descansar un poco antes de salir.

La voz venía de una joven que parecía haber terminado, al igual que él, su sesión de gimnasio por hoy. Un poco más baja que él, aunque bastante más delgada y en forma. La última vez que mantuvo contacto con una mujer que no fuera su madre, Raúl todavía estaba en las listas de la Selección.

— Ya, llevas razón… Creo que me he calentado un poco para ser mi primer día —dijo Miguel con cierta dificultad—.
— Bueno, tranqui, si aquí hay mucha gente como tú. Yo vengo a spinning y a veces me hago algunas máquinas, pero no te creas, ¿eh? Salvo los cuatro machacas esos de las pesas, el resto somos todos unos mataos, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja!

Miguel soltó una carcajada más sonora de lo que la situación requería. Estaba visiblemente nervioso, pero consiguió despedirse.

— Bueno, pues a ver si mañana me animo también un ratito… ¡Nos vemos!
— Cuídate, y ya sabes, ¿eh? No vayas atropellando a la gente por ahí —respondió con una sonrisa que lo dejó más embobado si cabía—.

Llegó a casa, se duchó otra vez y se preparó algo de comer. El primer día de su nueva vida lo había dejado descolocado.

Deja un comentario