10. Laberinto y recuerdos

Estaban otra vez en el bosque, después de despedirse del pueblo Devah y haberse aprovisionado habían salido de nuevo siguiendo la dirección que les indicaba la brújula.

Volvían a ir en sus monturas, empezaban a acostumbrarse ya a ellas y avanzaban rápidos como el viento por entre los arboles del bosque. Llevaban casi tres días de camino y habían recorrido más del doble de distancia que habrían avanzar con el más rápido de los caballos.

Llegado a un punto, con el atardecer a su izquierda se acercaron a una linde del bosque, que daba paso a una zona más despejada con un pequeño lago en su centro.

El sol casi había desaparecido, el ambiente se estaba enfriando, y la ligera tibieza del agua del lago hacia que estuviera cubierto por una ligera bruma que espesaba hacia su centro.

-Deberíamos parar por aquí –Dijo Einar-. Anochecerá pronto, dormimos aquí y mañana partimos. ¿Hacia dónde apunta la brújula?

-Apunta al otro lado del lago –Dijo Rithiam, que sostenía la brújula montado detrás de Wulffrith-.

-Vamos a dar una vuelta al lago para ver la zona, ¿Podéis ir montando el campamento? –Preguntó Wulffrith-.

-Claro –Respondió Einar-. Pero daos prisa, no queda mucho tiempo para que no haya luz.

Mientras que Wulffrith y Rithiam daban un rodeo al lago montados en su latrans, el resto desmontaron y empezaron a desempaquetar sus tiendas y sacos de dormir para preparar el campamento, Vin fue a buscar leña, mientras que Mizuka y Einar montaban las tiendas y extendían los sacos y Ban buscaba algo que cazar para esa noche.

Wulffrith y Rithiam volvieron a los veinte minutos, sus compañeros ya tenían todo prácticamente montado, estaban a unos cuantos metros del lago, lo más lejos que podían estar del bosque pero en terreno seco.

-Vale –Dijo Wulffrith cuando desmontó de latrans y ayudó a Rithiam a bajar-. La brújula no señala al otro lado del lago, sino que apunta dentro del lago. Nos ha costado verlo, pero si os fijáis hay una isla en el centro con una pequeña construcción.

Todos comenzaron a otear en el horizonte del algo, hasta que se dieron cuenta de que era cierto, estaba bastante lejos y era bastante difícil de ver, pero ahí estaba, una pequeña silueta en la distancia que dejaba atisbar una superficie por encima del agua y un montículo muy regular como para ser algo natural.

-Bien –Dijo Wulffrith-. ¿Qué hacemos entonces?

-Deberíamos construir una barca o algo así –Dijo Ban-.

-Podría ir nadando a echar un vistazo –Dijo Wulffrith-.

-No, es una locura –Dijo Einar-. Estamos en un bosque, hay madera de sobra, podemos improvisar una barca con troncos sin muchos problemas.

-Si –Dijo Vin-. Es la mejor opción, aunque llegaras a la isla, tendrías que volver, y luego ir de nuevo junto con nosotros, perderías toda la noche en vano.

-Vale –Cedió Wulffrith-. Construiremos la balsa esta noche y saldremos por la mañana.

Después de cenar y pararon un poco para descansar del viaje comenzaron a construir su embarcación improvisada. Emplearon buena parte de la noche en ello, Ban y Wulffrith cortaban y desbastaban troncos que llevaban a la orilla, donde Mizuka, Einar y Vin los ataban y descansaban por turnos. Todo ello animado por Rithiam, que buscaba contras en la arena a la luz de una vela.

Acabaron cuando el sol casi despuntaba en el horizonte, habían construido una superficie de troncos de casi cuatro metros de largo por tres de ancho, más que suficiente para que entraran todos, y sólida como para resistir el viaje, al fin y al cabo, era un lago, en mar había abierto habría sido otra historia, pero en el lago no habría corrientes ni oleaje contra el que luchar.

Algunos estaban agotados después de viajar durante el día y trabajar durante la noche en la barca, así que descansaron unas cuantas horas, hasta que el sol estuvo alto.

Con las energías algo recuperadas, prepararon su equipo, dejaron el campamento montado, y se prepararon para zarpar, arrastraron la barca hasta el agua, en tierra pesaba como un demonio, pero sobre el agua flotaba perfectamente y se movía bien.

Remaron hasta la isla, que gracias a que la luz del día había levantado la niebla, ahora podían ver con claridad.

Para cuando llegaron, ya se habían hecho a la idea de cuál era el siguiente paso, la construcción de la isla era un pequeño torreón cilíndrico, de apenas dos alturas, ya que el resto parecía haber sido derruido. Y en el torreón, de frente a ellos, había un hueco que hacía las veces de puerta, desde el que se veía una pequeña escalera de caracol que descendía.

Arrastraron la barca hasta tierra para que no se fuera flotando, y se dispusieron a bajar.

Vin creó una luz para ver por dónde iban, y Einar se colocó a frente bajando el primero.

-Cuidado con donde ponéis los pies –Dijo-. Las escaleras también están en bastante mal estado.

Bajaron por los escalones durante unos minutos, cuando empezó a intuirse una luz al fondo. De pronto, llegaron a un punto en el que la pared de las escaleras desaparecía y dejaba paso al vacío, convirtiendo la escalera de caracol en un vertiginoso descenso al vacío. La escalera continuaba bajando, pero ahora sin paredes a los lados daba una sensación de peligro inmensa. A su alrededor se extendía una cueva enorme, que acababa tras ellos en una pared casi vertical y redondeada, y por delante, para su estupefacción, un gigantesco laberinto se extendía hasta donde les alcanzaba la vista.

-Joder –Dijo Einar bajando-. Menos mal que o tengo vértigo.

-Si –Respondió Mizuka casi abrazando la columna central de la que salían los peldaños-. La verdad es que da un poco de miedo.

-Vamos –Dijo Wulffrith cogiendo de la mano a Rithiam-. Cuanto antes lleguemos antes se habrá acabado.

Una vez abajo, y casi dando gracias por pisar tierra firme, pudieron mirar más detenidamente la cueva, había pequeñas antorchas colocadas de forma regular en las paredes de la cueva, y en el suelo, dispersos, había candiles de aceite en forma de cuenco que terminaban de iluminar tenuemente la cueva.

Hacia el lado contrario se encontraba el laberinto, una pared de cinco metros de alto recorría la cueva de extremo a extremo, con una única abertura para entrar.

Se acercaron a la supuesta entrada, el muro era increíblemente liso, apenas se podría trepar por él, aun así, Ban lo intentó. Tras varios intentos que le costaron magulladuras en sus manos y brazos, parece que encontró un camino para poder llegar arriba, pero justo cuando estaba a punto de agarrarse al borde del muro, por algún motivo resbaló y cayó pesadamente al suelo sobre su espalda y su orgullo.

-¿Estas bien? –Preguntó Vin-.

-¿Qué ha ocurrido? Dijo Einar-. Ya casi estabas arriba.

-Mi mano ha chocado con algo –Dijo-. Iba a agarrarme al borde con la mano derecha, y por eso he soltado la izquierda, pero en vez de agarrarme he dado con algo sólido. Creo que no se pueden hacer trampas aquí.

-¿Estás seguro? –Preguntó Wulffrith-.

-Si –Contestó Ban bruscamente levantándose-. Estoy seguro.

-Venga, no pasa nada –Dijo Einar-. La brújula apunta al laberinto ¿Verdad?

-Si –Contestó Rithiam-.

-Vale –Dijo Einar-. Entremos pues.

Comenzaron a entrar al laberinto, y apenas llevaban andando un minuto cuando a Mizuka se le ocurrió una idea.

-Oye –Dijo-. ¿Y si subimos las escaleras y miramos el laberinto desde allí? Podríamos intentar dibujarnos un mapa.

-Es buena idea –Dijo Wulffrith-.

-Si –Dijo Ban-. Iré corriendo, no quiero perder demasiado tiempo.

Y empezó a correr a toda velocidad, solo habían hecho un par de giros, aún estaban al lado de la puerta, así que no esperaba tardar nada. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de cruzar la entrada, se dio de bruces con un muro invisible que bloqueaba la salida, cayendo al suelo y tapándose la nariz que sangraba abundantemente.

Sus compañeros acudieron alertados por el sonido del golpe y su quejido.

-¡Maldición! –Gritó Ban levantándose-. Estamos atrapados.

Sin ninguna otra opción a la vista, retrocedieron y continuaron avanzando por el laberinto, marcando las intersecciones como podían, arañando las paredes o colocando guijarros en el suelo.

-Me está agobiando un poco todo esto –Dijo Einar-. No me llevo bien con los espacios cerrados.

Los muros eran altos, pero los caminos del laberinto apenas tenían dos metros de ancho, con lo que muchos parecían pequeñas callejuelas sofocantes para él.

-Yo me siento bastante cómoda –Dijo Mizuka-. Me recuerda a mi hogar.

-¿Dónde te criaste? –Preguntó Vin-.

-En Dwanholf –Respondió Mizuka-. En una ciudad cerca del mar.

Vin miró consternada a Mizuka, ya que sabía lo que eso probablemente habría significado para la chica. Dwanholf era un país horrible, una nación sin ley ni gobierno fijo, un lugar en el que el crimen y el comercio clandestino abundaban, y donde vivía la peor escoria criminal.

Mizuka provenía de una familia relativamente adinerada, vivían de forma cómoda en una pequeña ciudad del interior del país. La mayoría del crimen y de la gente con la que había que tener más cuidado estaban cerca de la costa, donde era más fácil pasar desapercibido, huir o llegar un barco, pasar contrabando, o deshacerse de un cuerpo.

Wenleof Bloodfallen era uno de tantos pequeños pilares de la sociedad de allí, todo el territorio no estaba unificado, si no que se dividía en zonas gobernadas por consejos formados por nobles de medio pelo y burgueses que tenían una buena posición debido a sus negocios.

Wenleof y su esposa Zacia eran de la segunda clase, habían establecido buenas relaciones con algunos comerciantes de Lannet, lo que les proporcionaba bastantes beneficios y la posición de privilegio que conllevaban.

Tibas era una de las ciudades más importantes del país, situada al noreste del país, también contaba con un puerto de gran influencia para todo el comercio del país, tanto el legítimo, como el mercado negro. Y era allí donde se había acordado celebrar una reunión que sería vital para decidir el futuro de varios aspectos importantes del país, reunión a la que Wenleof había sido invitado, y con él, había traído a su esposa y a su pequeña hija de ocho años, Mizuka.

El viaje llevó a la familia más de una semana, que viajaba en carro junto a un par de escoltas contratados para la ocasión, habían intentado asaltarles un par de veces y habían repelido de forma muy eficaz a los atacantes en ambas ocasiones.

Nada más llegar a la ciudad buscaron un alojamiento no demasiado sórdido, lo cual dado como era la ciudad, fue algo difícil. La reunión sería al día siguiente, con lo que la familia salió a comer y a pasar el día por la ciudad.

Fue un día bastante agradable, salvo por un par de pequeños incidentes. Algunos mercaderes demasiado insistentes a la vista del nivel adquisitivo de la familia hicieron que tuvieran que intervenir los guardaespaldas, pero a Mizuka le impactó especialmente el momento en el que al caminar cerca del puerto un mendigo con aspecto de tener alguna enfermedad bastante fea.

-No le mires hija –Había dicho su padre mientras la apartaba, y los guardaespaldas saltaban como dos muelles para alejar a aquel hombre de la familia-.

Ya después de cenar, antes de que oscureciera del todo, se encaminaron de vuelta a su alojamiento, querían regresar antes de que se hiciera muy tarde, muchas ciudades no eran seguras de noche, y esa menos que cualquier otra.  Por consejo de sus escoltas, la familia se metió por un callejón entre dos casas para atajar, estaban tardado más de lo previsto en volver.

-Por aquí señor –Dijo uno de los escoltas-. Debemos apresurarnos, nos están siguiendo.

– ¿Cómo que nos están siguiendo? –Dijo Wenleof con voz algo temblorosa-.

-Sí, nos están siguiendo –Respondió-. He intentado darles esquinazo callejeando, pero no nos quitan el ojo de encima.

Estaban caminando por el callejón, con rapidez, era más un pasadizo entre dos edificios que otra cosa, sucio y angosto.

Cuando estaban casi a la mitad de la callejuela, un par de tipos entraron por el otro extremo.

-Continúen –dijo uno de los escoltas-. No se detengan.

Wenleof y su esposa estaban asustados, iban con su pequeña, que ajena al peligro caminaba a saltitos para seguir el paso de su madre, que tiraba de su mano.

A partir de este momento, ocurrió aquello que atormentó a Mizuka durante años en sus pesadillas, a pesar de lo tierna que era la mente de la niña, todo ello se le grabó en la memoria a fuego.

Los hombres que se acercaban de frente tenían la cara cubierta por una capucha y un pañuelo, se les veía poco más que los ojos. Sin previo aviso, uno de ellos le propino un tremendo puñetazo a Wenleof en la barbilla, que le lanzo contra uno de los dos escoltas, que estaban detrás de ellos.

-A..ayuda –Dijo con algo de sangre en la boca-. Acabad con ellos, sacad a Zacia y a Mizuka de aquí.

-No –Dijo de pronto el hombre sobre el que apoyaba-. Haremos algo mejor.

El escolta, Mes era su nombre, el hombre que les había acompañado durante más de una semana, desenfundó una daga, golpeó a Wenleof contra la pared, y tapándole la boca con la mano, hundió la daga en su vientre.

Una, dos, tres veces, Mizuka dejó de mirar, y comenzó a llorar desconsoladamente de rodillas mientras se tapaba los oídos para no oír los quejidos de su padre.

Mientras lloraba, alguien agarró a su madre que tiró de ella para obligarla a soltar a su hija, uno de los hombres encapuchados sacó otra daga con la que le rajó a Zacia el cuello y la lanzó junto al cuerpo de su marido, ya muerto.

-Registradles –Dijo Mes-. Esta gente tiene bastante pasta, coged dinero, joyas, y cualquier cosa de valor, así además parecerá un robo.

-Pero no nos han pagado para robarles –Dijo uno de los encapuchados-. Eso no está bien.

-Ah –Dijo el otro encapuchado-. Matar si, ¿pero robar no?

-Robar a los muertos no está bien… –Comenzó a decir-.

-Haz lo que te digo –Dijo Mel apuntándole con la daga que aun goteaba sangre-. Ellos ya no lo van a necesitar.

Dos de ellos comenzaron a revisar los bolsillos de sus víctimas, mientras Mel, que parecía de alguna forma el cabecilla del grupo, hablaba en voz baja con el cuarto hombre.

– ¿Qué hacemos con la niña? –Preguntó uno de los hombres a Mel-.

– No pueden quedar testigos, está oscureciendo ya, hay que acabar el trabajo. –Contestó-.

Mel se acercó a Mizuka con la daga en ristre, dispuesto a acabar con ella, y cuando estaba solo un par de pasos de la niña, que aun lloraba desconsolada con la cara en las rodillas y las manos tapando sus oídos, escuchó una voz que le hizo detenerse.

 -Veo que alguien se ha estado divirtiendo sin invitarme a la fiesta…jijijijiji –Dijo una voz histriónica y exageradamente aguda, aunque con un deje masculino, que venía de ninguna parte-.

Como salida directamente de una sombra, una figura surgió de la nada a la velocidad del rayo, y uno de los cuatro hombres que había acabado con el matrimonio cayó al suelo sin poder gritar siquiera, intentando sujetarse los intestinos que se desparramaban por el suelo.

Antes de que pudieran empezar a asimilar siquiera lo que estaba ocurriendo, una daga salió volando y se clavó hasta el mango en el pecho del hombre que estaba al lado de Mel.

Ambos supervivientes intentaron salir corriendo, pero la figura volvió a salirles al paso, degollando al último encapuchado en el acto.

Mel pudo fijarse durante un instante en la persona que había hecho aquello. Era un hombre, muy delgado, con cara pálida, como si estuviera enfermo, tenía unas ojeras muy marcadas, y su ropa estaba destrozada. A pesar de parecer bastante joven, tenía el pelo desgreñado y casi completamente blanco.

– ¡No! ¡No! Por fav…

Pero no llegó a terminar la frase ya que, de la punta de los dedos del misterioso psicópata, se proyectó una daga que acabo en la frente de Mel, matándolo antes de que llegara a desplomarse.

Comenzó a caminar hacia la pequeña que aun sollozaba en el suelo, casi saltando rítmicamente, y en un suspiro, como si fuera la cosa más corriente del mundo, lanzó ambas dagas contra la chiquilla.

Mizuka se quedó sin respiración, sintió un dolor abrasador que se extendía por todo su pecho, la niña sentía como se moría, y si no era así, desde luego lo deseaba.

– ¿Por qué no sangra? ¡Quiero sangre! –Gritó histérico-.

Mizuka no comprendía nada, estaba hecha un ovillo de dolor y lágrimas, y al oír lo que decía el extraño que acababa de atacarla, miro hacia su pecho y vio que decía la verdad, los cuchillos habían atravesado su torso, sin embargo, no había sangre, de hecho, no le dolía ya, solo sentía una palpitación fortísima que se extendía por todo su cuerpo desde el pecho.

– ¡No! ¡Nooo! –Comenzó a gritar el hombre mientras se agarraba la cabeza con fuerza-. ¡No podéis hacerme esto! ¡Os he sido fieles durante años!

En ese momento la mano de Mizuka se movió por sí sola, una daga salió despedida al pecho del hombre, que comenzó a sangrar abundantemente entre gritos, instantes después, de su otra mano surgió una segunda daga que se clavó en su garganta, haciendo que cayera al suelo boqueando entre borbotones de sangre.

-Ahora nosotras estamos contigo –Escucho en una voz en su mente-.

-Sí, nosotros cuidaremos de ti –Escucho de otra voz ligeramente diferente-.

-Eh, Mizuka, ¿a dónde vas? –Preguntó Wulffrith-.

Mizuka llevaba absorta en sus pensamientos y recuerdos durante horas, y había caminado por el laberinto e forma mecánica siguiendo a sus compañeros, no era de extrañar que se hubiera despistado y saltado un giro, era un milagro que no se hubiera separado del resto del grupo.

Llevaban horas y horas vagando por el laberinto, se estaba haciendo eterno y angustioso, habían parado ya un par de veces a descansar y comer.

Lo peor era la incertidumbre cada vez que elegían un camino, el girar a la izquierda pesando que deberían haber ido al otro lado, o continuar por un pasillo cuando se abría otra ruta a la derecha.

 Por eso se sorprendieron tanto cuando, al doblar una esquina, se encontraron de frente con una pequeña sala cuadrada, en la que una pequeña gema blanca brillaba sobre un pedestal.

– ¿Será esto lo que estamos buscando? –Preguntó Ban-.

-La brújula apunta hacia allí –Dijo Rithiam sosteniendo el pequeño trozo de madera-.

– ¿Hace falta que os recuerde lo que paso la última vez que tocamos un cristal misterioso sobre un pedestal? –Dijo Wulffrith-.

-No nos queda mas remedio Wulffrith –Dijo Einar-. No hemos hecho todo este camino para darnos media vuelta.

Se acercaron al pequeño cristal, y cuando estaban a tan solo unos centímetros de cogerlo, se desvaneció en un pequeño destello que fue flotando hasta Rithiam, para colocarse junto al otro.

-Bueno, pues parece que hemos avanzado un poco –Dijo Vin alegre-.

-Sí, ahora solo falta como salir de aqu…. –Dijo Mizuka, pero paró en seco cuando de pronto empezaron a notar como el suelo temblaba-.

Se agarraron a las paredes, el temblor era bastante fuerte, podían ver incluso como los muros del laberinto se agrietaban y comenzaban a desmoronarse. Todos se cubrieron, esperando que los escombros comenzaran a caerles encima, pero cuando la primera roca les alcanzo, se deshizo en arena fácilmente, sin llegar a hacerles daño, en pocos segundos, toda la estructura de laberinto había quedado reducida a una capa re arena uniformemente repartida por el suelo, como si un desierto hubiera aparecido en la cueva.

-Bien –Dijo Mizuka sacudiéndose la arena del pelo-. Ahora sí que solo falta salir de aquí.

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