1. Señales

Las mañanas de sábado eran una bendición, más aún en un mes de mayo bastante caluroso. Normalmente, a Miguel le gustaba quedarse en la cama, aprovechando cada minuto de descanso físico y mental. Si la puerta de su casa era el portal entre dos mundos, su cama era un santuario. Allí se sentía seguro, comprendido, a gusto consigo mismo. Nada importaba cuando llegaba la hora de dormir, y nada importaba cuando se despertaba los fines de semana. En su mente, era lo más cercano a aquellos años de instituto en los que sus mayores preocupaciones eran salir a dar una vuelta y jugar en línea con algunos amigos de clase.

Hoy, sin embargo, se tuvo que levantar pronto. No le gustaba la sensación de pasar el tiempo justo en su improvisado retiro espiritual, pero estaba de un ánimo lo suficientemente bueno como para pasar por alto ese detalle. Después de ir al baño, se preparó un desayuno contundente con lo que tenía en la cocina. Había visto algunas recetas en Internet para gente que gustaba de ir al gimnasio y controlar su dieta; él no era tanto de lo primero, pero lo segundo le parecía necesario si quería llegar en condiciones al final del día. Mezcló la avena con un par de huevos, un poco de azúcar y lo echó a la sartén. Olía a rayos y no es que supiera muy bien, pero era lo mejor que conocía para desayunar sin dejarse medio sueldo. Suponía que era cuestión de tiempo el acostumbrarse a estas moderneces.

Tras el desayuno, se lavó la cara y los dientes y rebuscó en su armario hasta encontrar las medias y el par de botas que guardaba desde hace unos cuantos años. Metió todo en una mochila y respiró hondo antes de salir. Le gustaba esa sensación. Tenía ganas de fútbol.

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— ¡Qué pasa, tío! Vienes preparado, ¿eh? —dijo Lucas— Ya era hora de que te echaras unos tirines con nosotros, que no se te ve el pelo…
— Bueno, ya sabes. Curro, vivir solo… entre unas cosas y otras, no me da la vida, tío —respondió Miguel—
— Ya me imagino, macho. Si es que es una mierda todo últimamente, aunque ojalá pudiera irme yo de casa de mis padres como tú… Supongo que siempre queremos lo que no tenemos y luego nos acabamos arrepintiendo, pero bueno. Éstos ya están al caer, así que yo de ti me pondría a dar un par de vueltas al campo, que seguro que estás hecho polvo.

Lucas le dio un par de palmaditas en el hombro y se fue a recibir al resto del grupo con una sonrisa. Era un tipo bastante agradable, muy normal en todo. Vivía con sus padres y se sacaba un dinero entrenando a chavales, pero no le daba para mucho más que pagar algún capricho de vez en cuando. Estuvo saliendo con una chica que conoció en los entrenamientos, la hermana de alguno de sus chavales o algo así. No duraron mucho porque ella se fue con otro, aunque Miguel nunca se interesó por los detalles. Era una vida demasiado normal como para despertar su interés, pero siempre estaba bien alguna charla agradable y una pachanga.

En pocos minutos, todos se saludaron entre bromas y algún que otro insulto cariñoso y repartieron los equipos para el día. Miguel estaba un poco impaciente por empezar el partido, y era consciente de ello. Un pequeño subidón de adrenalina lo puso a punto y la bola empezó a rodar. Una carrerita por aquí, otra por allá, dar algún pase seguro… Poco a poco fue cogiendo confianza, y se atrevió a correr la banda con el balón, encarar a alguno de sus colegas o incluso poner algún pase filtrado. Que no era el mejor lo podían advertir hasta en China, pero pocas veces se había sentido tan a gusto desde que cambió la mochila por el maletín y el chándal por el traje de las rebajas.

— ¡Arriba! —le gritó uno de sus compañeros—

Controló la pelota con dificultades en la banda, se fue de su marcador en velocidad, recortó hacia adentro y…

— ¡Gooooooool! Joder, te lo has marcado, ¿eh?
— Pues sí, no te voy a mentir. No me lo creo ni yo —le respondió Miguel entre carcajadas—.

Estaba a tope. Mientras corría hacia su campo, se paró a pensar en cómo algo aparentemente tan insignificante como salir a jugar una mañana le podía proporcionar una felicidad tan inmensa. Quizá es que su personaje (ese joven trabajador, independiente y medianamente exitoso) estaba matando al chaval que quería ser. A veces pensaba que todo importaba una mierda si no era capaz de conseguir estos momentos de alegría que luego tenía que atesorar durante unas semanas que se le hacían eternas. Había metido un gol y se sentía como en la cima del Everest. Y le gustaba. El resto del partido transcurrió sin muchos incidentes dignos de ser narrados, y la cuadrilla decidió parar cuando el hambre hizo acto de presencia.

— ¿Un aperitivo con las birritas? —propuso Lucas—. Que tengo un calor de la hostia, hoy he sudado un poquitín —dijo con una sonrisa en la cara—.
— Va, venga. Tengo veinte pavos, así que dadme suelto y ya pago yo —dijo otro de los amigos—.

Fueron al bar y se sentaron en una de las mesas. Con una capa de roña mal quitada por la bayeta y un servilletero de publicidad, como debía ser en una buena tasca. Pidieron diez cañas y un par de raciones, aunque el dueño del bar ya los conocía y la comida corrió de su cuenta. En la tele, el Getafe-Valladolid que empezó a las doce y media. La mañana estaba sabiendo a gloria bendita para Miguel, que pegó un buen trago a su cerveza y atacó la ración de salchipapas embebidas en aceite. Seguro que algo así comerían los dioses del Olimpo.

— Bueno, tío, ¿qué tal la vida y todo eso? Desde que estás metido en el business ahí con tu traje y tal… Seguro que lo estás petando, ¡ja, ja, ja!

El que preguntaba era Andrés. A sus veintitrés años, había terminado el FP de soldador y se dedicaba a ayudar a su padre haciendo chapuzas e instalando aires acondicionados. No vivía mal, pero era un trabajo bastante sacrificado a veces y que ya le estaba pasando factura, a juzgar por los callos de sus manos. Era un hombre de su casa y de su familia, y no le iba mal. Alguna vez habían hablado de la vida en general, pero nada demasiado profundo.

— Buah, tampoco te creas, ¿eh? La verdad es que al principio me creía un casanova con mi traje y las gafas de sol, pero ahí en el curro todos van igual que yo. Por lo menos tengo mi propio despacho y ahora el jefe me dice que me va a dar un móvil para que me ponga un poco al día, pero vamos, que no es para fliparse.
— Pero al menos ganarás bien, ¿no? Ahí manejando buen cash, seguro que te levantas buenos billetes, ¿no?
— Qué más quisiera, tío. Llevo un par de años ya y conseguí negociar un aumento, pero si vieras lo que ganan los jefecillos y los gerentes se te caían los huevos al suelo. A mí me lo ofrecieron pero pasé, porque menudos marrones se comen a veces. No compensa eso.

Era completamente cierto. Si su trabajo ya era poco agradecido, no se quería imaginar lo que suponía estar al cargo de cinco o seis como él y tener que aguantar las monsergas de un gerente de zona. Esas empresas eran picadoras de carne y segadoras de almas, en las que la gente aceptaba convertirse en verdaderos zombis por un puñado de euros al mes.

Terminaron la ronda y pagaron. Miguel se despidió con una gran sonrisa de todos sus amigos y Lucas lo incluyó en el grupo de WhatsApp del que salió hacía unos meses porque “estaba liadísimo”. En el camino a casa, empezó a hacer un repaso mental de la mañana, y se sintió como en una nube. Se sintió como si viviera para estos momentos. Quiso pensar que era una señal; una señal de que había vida más allá del dinero y la carrera profesional. Vida más allá del protocolo. Las piernas le pesaban un millón de kilos, y eso también era otra señal: era hora de cuidarse un poco más. Con días como hoy, no iba a ser difícil.

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