9. Vuelta y bienvenida

Tuvieron que salir por donde había entrado, no sin esfuerzo, bajar era fácil, pero para la subida la pared era mortalmente vertical. Vin aun estaba muy débil, y Wulffrith cargaba con varios pedazos de madera de la criatura que acaban de liquidar, además de las piezas de la coraza de la blatodea, si instinto le decía que le serian útiles.

Un buen rato tardaron en llegar a la superficie, y una vez ahí arriba, se permitieron el descansar un rato bajo en sol que se filtraba entre las copas de los arboles, en momentos como esos, no parecía tan mal lugar para vivir aquel mundo, pero no debía regresar a su hogar.

Rithiam aun tenia la anilla dorada, el cristal verde esmeralda aun pendía de ella, más pequeño que un pulgar, con sus facetas reflejando la luz.

-¿Tenemos idea de que es eso? –Preguntó Einar señalándolo-.

-No sé que es más allá de un adorno muy bonito –Dijo Wulffrith-.

-Podría intentarlo yo –Dijo Vin, aun débil, alargando la mano-.

Permaneció unos segundos pensativa, intentando captar e interpretar el zeon del objeto.

-No lo sé decir con exactitud –Comenzó Vin-. Pero parece una… ¿llave?, es como si dijera llave, tal vez abra algo, o sea la clave para llegar a algún sitio.

-Esperemos que sea una llave para salir de aquí –Dijo Ban-.

-Si amigo –Respondió Einar pensativo-. Yo también lo espero.

Decidieron volver a pueblo de los Devah, a consultar con ellos que era lo que habían encontrado, ya que los les habían puesto sobre la pista, tal vez pudieran orientarles en la dirección adecuada.

La brújula marcaba ahora otra dirección, así que suponían que debía haber más cristales como el que habían encontrado, pero antes querían saber que era exactamente lo que tenían en su poder.

No era un viaje largo, pero desde luego no iban a poder hacerlo en un día, así que cuando la noche empezó a caer, decidieron montar el campamento cerca de un pequeño arroyo de aguas limpias.

Estaban montando las tiendas, encendiendo un fuego y preparando algo para cenar esa noche, así que Ban se fue al arroyo a refrescarse y lavarse un poco. Se quitó las botas, que dejó en la orilla junto a su mochila, y con los pantalones arremangados, entro despacio al agua, dejando que se enfriaran sus doloridos pies.

Aun había una pizca de luz del atardecer, ese punto en el que el sol despunta en un lado del horizonte, y por el otro lado ya brilla la luna.

Se quitó la capucha, con la piel del lobo, y la dejó tendida sobre una roca, también se quitó la gastada camisa de lino, la enjuagó en el agua, y la dejo secando con la capucha.

Comenzó a asearse, ahuecando las manos para coger agua.

 Una vez se sintió satisfecho, y estando ya más descansado, se dispuso a vestirse de nuevo y a coger una camisa seca.

-¿Llevas mucho tiempo ahí? –Dijo Ban calzándose-.

-No –Contestó Einar-. Acabo de venir.

No había ya mucha luz, la poca que llegaba de la luna por entre los árboles, y el resplandor lejano de la hoguera. Einar estaba de espaldas al campamento, con Ban de frente, de cuyo rostro, gracias a la débil luz que les llegaba, se arrancaban horribles imágenes de lo que le había ocurrido, que no se limitaban a la cara, y abarcaban buena parte de su cuerpo.

-Siento mucho no haber podido estar ahí Ban –Dijo Einar acercándose y poniendo una mano en su hombro-. No estuve cuando me necesitabas, te fallé.

-No te preocupes amigo –Dijo poniéndose la capucha de nuevo-. Cualquiera habría hecho lo mismo en tu situación, nunca te he culpado. Y hace más de tres años de eso…

En el bosque de Glenda, situado en Alberia, estaba siendo una noche muy lluviosa, Einar se encontraba en una pequeña empalizada situada en el centro del bosque, había sido contratado para mandar a un pequeño grupo de soldados cuyo objetivo era dar caza a unos forajidos que se sospechaba estaban escondidos en el bosque.

Llevaban una semana peinando los alrededores de su base, y mandando pequeños grupos a internarse en el bosque a buscar sin éxito.

Habían decidido buscar la ayuda de un explorador local, un joven que se dedicaba a la caza y a rastrear reses cuando se extraviaban en los pueblos, una mano de alguien que conociera el terreno podría acortar su búsqueda semanas, sino meses. Aquel bosque era inmenso, apenas habían empezado a delimitar un perímetro y no querían demorarse mucho.

Einar se encontraba en su tienda, junto a otro oficial, estudiando el mapa, sembrado de marcas de zonas que habían explorado o quería revisar, decidiendo a donde mandarían la siguiente expedición cuando uno de los soldados anunció la llegada del explorador.

Era un joven apuesto, de veintipocos años, y robusto, con un arco y un carcaj semi ocultos bajo una capa empapada por la lluvia. Después de saludar a los presentes se quitó la capa, que colgó a secar cerca de la estufa, y dejo el arco y el carcaj en una mesa. No había seguido ningún formalismo, no se había presentado, pero tampoco había sido especialmente irrespetuoso.

-Hola, soy Einar –Dijo alargando la mano-. ¿Eres el explorador al que esperábamos, no?

-Soy Ban, si –Dijo el joven-. Me han llamado por lo de los bandidos.

-Muy bien, llegas justo a tiempo –Dijo el oficial que estaba junto a Einar-. Estábamos decidiendo donde mandar otro grupo de exploración.

Ban se acercó al mapa y pasó unos segundos examinándolo.

 -¿Los círculos alrededor de nuestra posición es lo que habéis explorado? –Preguntó-.

-Si –Dijo Einar-. Nos vamos adentrando cada vez más en el bosque, las cruces son nuestros próximos objetivos.

-Están mal –Dijo Ban calmadamente-.

-¿Cómo te atreves, chico? -Dijo el oficial alzando la voz-. Muestra algo de respeto.

-Cálmate Arba –Dijo Einar-. Déjale hablar, por eso está aquí.

-Gracias –Dijo Ban mientras continuaba señalando al mapa-. Es un error buscar cada vez más dentro del bosque, una persona recorre unos seis o siete kilómetros a la hora, tal vez menos en terrenos como este en el que es bosque es un estorbo, internarse tanto significaría que cada vez que quieren algo deberían estar días fuera del campamento.

-¿Qué iban a querer esos forajidos? –Preguntó Arba-.

-Oficial, por más criminales que sean, son personas –Dijo Einar-. Necesitan provisiones, alimentos, medicina, informarse, a nosotros nos traen todo eso dos veces por semana, ¿Por qué a ellos no?

-Exacto –Dijo Ban-. Deberíais buscar cerca de este camino que atraviesa todo el bosque, se usa como ruta comercial, hay caza y algún pueblo y posada a lo largo, si son listos, estarán en algún lugar cerca del camino. A cuarenta o cincuenta kilómetros del camino, para poder ir y volver a donde quieran en solo un par de días.

-Vale –Dijo Einar-. Me parece bien, probaremos a tu manera. En cuanto regresen los grupos de exploración nos organizaremos para ir a buscar por los alrededores del camino.

Pasaron las semanas, los grupos iban y venían, sin noticias de haber encontrado a los bandidos. Ban y Einar comenzaban  a estrechar su relación, Ban le enseñaba algunos de los secretos de la caza y el bosque, y Einar le ayudaba a pulir sus habilidades con la espada y materias que nunca le habían interesado, como la navegación o la medicina.

-Una pregunta Ban –Comenzó a decir Einar una tarde en la que estaban patrullando por el bosque-. ¿Por qué haces esto?

Einar había aceptado el encargo por que le pagaban, simplemente, le interesaba el dinero para poder seguir con sus viajes. Solo era un trabajo, encontrar a unos bandidos que habían estado robando la recaudación de los impuestos del príncipe, recuperar el oro, dejar el menor número de bajas posible e irse, sencillo, no quería demorarse demasiado.

-¿Cómo que por que lo hago? –Respondió-. Me pagan.

-Ya, a mí también me pagan, más que a ti en realidad –Dijo Einar riéndose-. Pero ahora enserio, para ti es diferente, esa gente roba los impuestos que cobran a tu país, ¿no deberías simpatizar con la causa de aquellos que roban a quienes viven de vuestro trabajo?

-No es tan sencillo –Dijo Ban-. Al final perdemos nosotros, el príncipe siempre tendrá su recaudación, y si se la roban, simplemente volverá a mandar a los recaudadores a cobrarla de nuevo. Mi país no es pobre precisamente, pero mucha gente no podrá permitirse el pagar dos impuestos. Si no les encontramos y devolvemos lo robado, tal vez muchas familias no sobrevivan al invierno.

-Entiendo –Dijo Einar-. Pues entonces será mejor que nos demos prisa, se acerca el invierno.

Siguieron pasando las semanas, y al final dieron con los bandidos. Uno de los grupos volvió con noticias de un campamento, situado tal y como había dicho Ban, a unos cincuenta kilómetros del camino.

Tenían pensado atacarles lo antes posible, ya llevaban más de dos meses de búsqueda, en cuanto que les llegara el siguiente cargamento de suministros partirían, ya que les habían descubierto no querían arriesgarse a que se movieran de sitio y tuvieran que volver a empezar.

Pasaron dos días más, pero al tercero, por la mañana, llego el carro con los suministros que estaban esperando, serian unos cuantos días de travesía hasta llegar al campamento, y necesitaban esas provisiones. Y junto a toda la comida y el equipo, llego un mensajero, traía noticias del príncipe, y venia a llevarse el informe con los avances que habían hecho durante ese tiempo, pero esta vez, junto a todo eso, traía una carta personal, para Einar, le habían pagado por entregársela personalmente en mano, y asegurarse de que nadie más la leía.

En aquel papel solo había escritas unas pocas palabras, pero para Einar significaban mucho: Creo que tengo algo, debes venir a Hausser, en Ilmora, lo antes posible. Firmado S.W.

Einar pidió inmediatamente que ensillaran su caballo y prepararan un petate con comida para el viaje, tardaría semanas en llegar hasta Ilmora, y debía aprovechar cada minuto.

Delegó el Mando en Arba, el plan estaba ya casi trazado de todas formas, y era un hombre competente. Antes de de irse habló también  con Ban para despedirse.

-Debo irme chico –Dijo apresuradamente-. Me ha surgido una cosa, un asunto que debo atender sin falta, y tengo que partir ya, es algo lejos.

-¿Ahora? –Respondió-. Pero si estamos a punto de acabar esto, mañana vamos a salir.

-Lo sé, y lo siento –Dijo apenado-. Pero no me queda otra. Dejo esto en tus manos Ban, confío en ti, eres un chico con muchos talentos, y sé que puedes con ello.

Le estrechó la mano, montó en su caballo y se fue inmediatamente.

A la mañana siguiente temprano, Ban y Arba, junto a veinte soldados partieron hacia el campamento de los bandidos, caminaban muchas horas y en grupos separados fue una travesía larga y penosa, a través de un bosque en el que no paraba de llover.

Tras cuatro días, desde un pequeña loma lograron divisar el campamento enemigo, se trataba de una empalizada, más pequeña que si campamento, en el que apenas debía haber una treintena de personas. Contaban con el factor sorpresa, si jugaban bien sus cartas y atacaban de noche, seria rápido y fácil.

Se dividieron, atacarían desde dos flancos como distracción y entrarían desde el frente. Casi había dejado de llover, así que debían apresurarse, molesta o no, la lluvia enmascararía el ruido que pudieran hacer al acercarse.

Siete arqueros se dirigieron a cada flanco, Arba encendió un pequeña antorcha empapada en aceite, y con esa señal, comenzaron a disparar contra el campamento, contaron tres salvas, y el junto a Ban y otros seis guerreros cargaron contra la entrada del campamento.

Que encontraron totalmente en silencio.

No había movimiento, no había ninguna hoguera, antorcha, o luz en ninguna de las tiendas. Los soldados quedaron desconcertados por un segundo, pero Ban se concentró durante un instante, condujo el ki hasta sus ojos, y la noche dejo de serlo, podía ver claramente a su alrededor, y sentir el ki de otras personas. No quedaba allí nadie vivo más que ellos.

Comenzaron a registrar el campamento, era imposible que hubieran muerto todos por unas cuantas flechas disparadas casi aleatoriamente.

-¡Eh! –Gritó uno de los soldados-. Aquí hay uno.

Ban y Arba fueron corriendo, efectivamente había allí un cadáver, un hombre tirado en el suelo, con ropas sencillas y una armadura de cuero algo precaria puesta. Tenía una flecha clavada en el costado.

-Parece que hemos acabado con ellos –Dijo Arba-. Ha sido mucho más fácil de lo que esperaba.

-No, mira –Dijo Ban-. No hay sangre en la herida de la flecha, ya estaba muerto cuando se la clavaron, pero hay sangre en el suelo…

Ban volteó el cadáver dejándolo boca abajo, revelando su espalda, destrozada, con la piel hecha jirones hasta el punto de dejar varias costillas rotas al aire.

-¿Qué demonios ha podido hacer algo así? –Dijo uno de los soldados justo antes de vomitar-.

-No lo sé –Dijo Ban cargando el arco-. Pero estad atentos.

En ese momento la sangre se le heló, escucharon el alarido de hombre a su izquierda, fuera de la empalizada, uno de los suyos, de pronto dos gritos más a la derecha, esta vez acompañados del estruendoso aullido de un lobo.

Y desde ahí todo ocurrió muy rápido. Comenzaron a escuchar más gritos por todos lados, apareció una manada de lobos, que saltaba desde las sombras atacando a los soldados. Todos comenzaron a huir, menos los pobres desgraciados a los que ya habían atrapado, que estaban perdidos sin remedio.

Ban se dio media vuelta y comenzó a correr hacia el bosque. Solo oía gritos y aullidos.

Se abría paso por el bosque a toda prisa, en una carrera frenética por su vida que le llevo incluso a perder su arco en algún punto el camino.

Corrió hasta que se quedó congelado, las piernas le temblaban de tal forma que sentía que si intentaba dar un paso caería al suelo. Demasiado rápido como para darle tiempo a reaccionar, un lobo le había salido al paso. Normalmente no habría sido algo que le amedrentara, pero este lobo tenía casi el triple del tamaño de un lobo normal.

Antes de que pudiera pensar siquiera que hacer, el lobo se abalanzó sobre él y no pudo hacer más que intentar defenderse.

Ban intentaba luchar y liberarse, pero solo forcejeaba inútilmente mientras sentía cada mordisco y zarpazo que le propinaba aquella bestia.

Notaba como su piel se desgarraba y arrancaba la carne.

Se encontraba al borde de la inconsciencia, y sabía que de la muerte, ya apenas sentía dolor, y no quedaba un ápice de fuerza en su cuerpo para seguir luchando.

El lobo le zarandeó en el suelo y le lanzó contra un árbol, se acercaba amenazante hacia él, iba a rematar a su presa para comer tranquilo. Cogió una flecha del suelo, y cuando estaba tan cerca que podía volver a oler el aliento de aquel lobo, se la hundió todo lo que pudo en el ojo.

La bestia se desplomo encima suya, ya tras unos segundos de agonía murió. Y junto con él perdió el conocimiento.

No fue hasta semanas más tarde que Einar se enteraría de la horrible matanza que habían sufrido sus antiguos compañeros en el bosque.

Y aun pasarían meses hasta que descubriera que Ban había sobrevivido.

Volvían a estar en la sala en la cima del árbol de los Devah, donde estaban sus ancianos. Habían llegado tras una dura jornada de viaje, pero habían subido directamente a hablar con ellos y consultarles sobre el cristal que habían encontrado.

-No sé qué podría ser –Contestó una de las ancianas cuando le preguntó-. Pero podría ser una forma de salir como bien creéis, aunque desconozco su naturaleza al completo.

-¿Y decís que esa brújula apunta ahora a un sitio distinto? –Pregunto otro Devah-.

-Así es –Respondió Wullfrith-.

-Teníamos pensado seguirla, pero preferimos venir a hablar con vosotros primero –Dijo Einar-. Puede ser que lleve a más cristales como ese.

-Bien, pues contáis con la ayuda de nuestro pueblo como siempre amigos –Dijo la anciana-. Descansad hoy, y cuando estéis preparados partid.

-Muchas gracias –Dijo Vin-. Agradecemos mucho su hospitalidad-.

Sin más dilación les guiaron fuera de la sala, estaba ya atardeciendo, así que les indicaron donde podrían pasar la noche, unas pequeñas casas que de nuevo parecían ser una con los arboles de allí.

Mizuka, Wulffrith y Rithiam fueron a un enorme local de techo descubierto, donde las gentes de allí disfrutaban de bebidas y el espectáculo de unos músicos que en ese momento afinaban unos instrumentos desconocidos para los venidos de otro mundo.

-¡Quiero salir a cantar! –Dijo Mizuka cuando comenzó la música-. Esperadme aquí.

Se lanzó al escenario, donde comenzó a bailar y cantar con entusiasmo, la gente coreaba y aplaudía su energía, aunque no su canción.

-Oh dios, voy a necesitar beber para soportar esto –Dijo Wulffrith tras lo cual volvió a la mesa con Rithiam con un par de vasos y una botella de algún licor de olor afrutado-.

-¿Puedo? –Dijo el pequeño Rithiam señalando a los vasos-.

-No, aun te falta mucha altura y edad para poder beber –Respondió Wulffrith-.

Aunque Rithiam le robo de forma furtiva un trago a su vaso, tras lo que se prometió que no volvería a probar una cosa tan asquerosa en su vida.

Vin, por su parte, fascinada por la cultura de aquel pueblo, deambuló por el pueblo, se paseó entre lo que parecían ser comercios, y hasta intento entablar conversación con algún comerciante, aquella gente era indefectiblemente afable.

Le llamo la atención un hombre que parecía alguna clase de orfebre, que estaba grabando detalles en una pequeña pulsera de madera con pequeñas piedras engarzadas, un vistazo más a fondo le permitió darse cuenta de que aquel hombre no estaba ornamentando la joya, si no que moldeaba el zeon y lo imbuía en la pulsera con alguna clase de  runas, confiriéndole alguna clase de habilidad o poder.

-Disculpe –Dijo la joven-. Lamento interrumpirle pero, ¿Podría hacerle una pregunta?

-Claro –Dijo dejando de lado su labor-. Pregúntame.

-¿Cómo hace eso? ¿Cómo puede llevar su zeon hasta un objeto de esas forma, para darle poder? Yo soy maga y no soy capaz de hacerlo.

El hombre se la quedó mirando muy fijamente, son su tercer ojo, el de la frente, muy abierto, Vin se sentía algo incomoda, aun no sabía cómo era el decoro con esa gente, y dudaba de si mirarles a la frente se consideraba grosero o rudo.

-¿Nada? –Pregunto el hombre de pronto-.

-¿Nada? –Pregunto Vin-. ¿Cómo que nada?

-Nuestra raza traspasa conocimientos a través de aquí –Dijo señalándose al ojo-. Con un solo vistazo podemos transmitir conocimiento, experiencias, sensaciones y emociones. Lo siento, pero si esto no funciona, no sé cómo enseñarte como hacerlo.

-No te preocupes –Dijo Vin-. Lo has intentado, agradezco el gesto.

-De todas formas, toma –Dijo sacando un pequeño libro de entre las baldas de una estantería que había a su espalda-. A mí ya no me sirve de nada, es un recuerdo del mundo de Gaïa, pero en mi familia ya lo aprendimos, y con eso basta para enseñarlo. Te lo regalo.

Vin le echo un rápido vistazo y distinguió algunas fórmulas mágicas.

-Muchas gracias –Dijo alegre-.

-No hay de que –Dijo-. Que te vaya muy bien todo.

A la maña siguiente estaban preparando sus monturas, cuando Ban apareció con un saco a la espalda. Nadia le había visto desde la noche hasta entonces.

-¿Dónde habías estado? –Preguntó Einar-.

-He ayudado a un par de personas con sus tareas –Respondió Ban-. A cambio me han dado unas cuantas cosas para el viaje.

-Perfecto –Dijo Einar-. Pues estamos listos para partir.

Ilustración de los personajes por @Dravecroft

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