7. Acertijo y búsqueda

Dejaron todo tal cual quedo después de la pelea, estaban agotados y tenían heridas que atender. A Einar le zumbaba un oído, y tenía algunas costillas magulladas, y Wulffrith sufría de una conmoción, no muy grave, pero que le provocaba náuseas y le embotaba los sentidos, hasta Vin estaba exhausta de la cantidad de magia que había consumido.

Así que decidieron extender sus mantas y dormir allí mismo, una vez comprobaron que la sala era segura, hicieron una pequeña hoguera con la leña que llevaban encima, y comieron una cena ligera a base de frutas y algo de carne, durante la que nadie habló mucho.

A la mañana siguiente se levantaron bastante pasado el amanecer, algunos seguían doloridos, pero tenían asuntos que atender y debían obligarse a levantarse y a estirar sus agarrotados músculos.

En un extremo de la sala, exactamente donde había quedado la tarde anterior,  se encontraban los restos de la máquina de que guardaba aquella sala, de la armadura ahora había poco más que unos montones de polvo desperdigados, como si en realidad siempre hubiera sido trozos de metal a la intemperie durante siglos. Y entre los restos, había tres objetos, una placa de piedra a la que parecían faltarle partes, si estaba dentro de la armadura durante la pelea, tal vez había resultado herida durante la pelea. También estaba aquella extraña anilla de oro con intrincadas decoraciones, y el trozo de madera, no más grande que una mano, que tenía la forma de un rombo con las esquinas redondeadas.

Vin y Einar recogieron la tabla de entre los restos, para examinarla, y al quitarle parte del polvo metálico que la cubrían, descubrieron que estaba cubierta por todas partes de símbolos de todos los aspectos, algunos de ellos parecían versiones arcaicas de letras de su propio idioma. Por su parte, Wulffrith y Ban cogieron la anilla y comenzaron a examinarla, Vin había determinado que poseía alguna clase de magia cuyo propósito le era imposible discernir, así que se dedicaban a examinar la factura de la pieza de oro.

Todos estaban inmersos en su tarea, cuando una pequeña exclamación de Mizuka les hizo detenerse.

-¡Waaaaoo! –Exclamó la joven-. Es precioso.

Mizuka estaba embelesada mirando a Rithiam, que sostenía entre sus manos el extraño trozo de madera, de alguna manera, habría logrado abrirlo como si se tratara de un pequeño estuche, y de ella había surgido una esfera, como una pequeña pompa, con una motita iridiscente pegada a uno de sus lados.

-No lo he roto yo –Dijo Rithiam soltando el objeto y colocando las manos en alto cuando se dio cuenta de que todos le miraban-.

-¿Qué es eso? –Dijo Einar recogiéndolo del suelo.

Tanto la pompa como la luz parecían intangibles, y la mano las atravesaba como si fueran humo, y cuando movías la pequeña pieza de madera la mota de luz también se movía, aunque parecía seguir alguna clase de dirección, ya que por mucho que se moviera o girara, siempre apuntaba en la misma dirección.

-Parece alguna clase de… ¿Brújula? –Dijo Einar extrañado-. No sé lo que es, pero desde luego señala todo el rato al mismo lado.

-¿Y a que señala? –Preguntó Ban-.

-No lo sé. -Respondió Einar-.  Pero parece que lo sea que es, esta al oeste.

-Vale –Añadió Wulffrith-. Pues salgamos a ver si esta en esta isla. ¿Te vienes Vin? -Dijo a la chica, que se hallaba aun arrodillada frente a la pieza de piedra, había sacado un trozo de papel y una pluma, y estaba enfrascada escribiendo algo-.

-No, id vosotros, yo estoy ocupada con esto –Dijo-.

Salieron fuera de la sala, atravesaron la puerta y se dirigieron hacia donde les indicaba la luz, pero tras unos minutos de caminar, llegaron al borde de la isla, y parecía que seguía apuntando en la misma dirección.

-Vale, pues parece que lo que sea que señale esto está en el continente –Dijo Wulffrith-.

-O al menos en la parte del continente que está al otro lado del abismo –Añadió Einar-.

-Creo que más o menos puedo entender esto –Dijo Vin cuando volvieron al interior de la sala-. Es una especie de mensaje escrito en muchos idiomas, hay cosas aquí que asumo que son letras que no sé de donde han salido, pero hay idiomas aquí que se parecen bastante en cuanto a estructura a nuestro latín.

-¿Cuánto te costara saber lo que dice? Esa especie de brújula señala hacia fuera de esta isla –Dijo Einar-.

-¿Segura al cien por cien? No lo sé, solo estoy empezando a rascar en la superficie, un día, dos, un mes, no lo puedo decir –Respondió apenada-.

Pasaron casi tres días, pero al final, una tarde, toda desgreñada y muerta de sueño, Vin se alzó eufórica gritando por su victoria.

-¡Lo conseguí! –Exclamó alegre-. ¡Lo tengo!

-¿Ya sabes qué dice? –Preguntó Wulffrith-.

-A grandes rasgos, son una especie de instrucciones para salir de este mundo, si los Devah hubieran logrado derrotar a esa cosa, tal vez habrían conseguido salir de aquí hace mucho.

Vin comenzó a leer de la hoja que había estado utilizando, estaba toda emborronada, llena de tachones y rectificaciones, y tenía hasta más manchas de tinta que sus manos, y parecía que todo ello se resumía en unas pocas líneas que parecía haber pasado a limpio en una esquina.

“Utilizad estas herramientas para encontrar las cinco llaves y abrir la puerta a la libertad escondida en esta sala”

-¿Ya está? –Dijo Ban-. ¿Solo es eso?

-Parece que si –Dijo Einar-. Al menos ahora sabemos seguro que hay que seguir a la brújula.

-Si –Dijo Wulffrith-. Debe conducir a esas llaves que menciona, lo que no sabemos es para qué es la anilla de oro.

-El mensaje hace referencia a herramientas en plural –Dijo Vin-. De eso estoy segura, así  que debe tener alguna utilidad a la hora de salir.

Decidieron dejar a Vin descansar esa noche y empezar su viaje al salir el sol, tenían que seguir la dirección que les marcaba la brújula, aunque nadie sabía seguro como de lejos estaría su meta.

A la mañana siguiente, volvieron a empaquetar sus cosas y a cargar sus mochilas, y salieron de la isla cruzando el puente.

Durante la caminata de casi una hora por el puente, pudieron ver como el sol subía dejando atrás el horizonte, e iluminaba la inmensa extensión de bosque y selva, hasta llegar al abismo de que surgía también una luz no mucho menos potente, era una vista espectacular y de una belleza sobrecogedora, hasta el punto que les hizo preguntarse si no merecería la pena quedarse allí. Pero no debían, su llegar estaba fuera, en su mundo.

Llegaron al otro extremo del puente, y a los pocos minutos, todas las criaturas que les habían llevado allí, sus monturas, acudieron. Era como si hubieran estado esperando su regreso.

Se montaron e iniciaron la marcha hacia donde les apuntaba la brújula, Ban y Einar iban delante, uno de ellos consultando la dirección periódicamente, detrás de ellos iban Mizuka y Vin, y a la cola, Wulffrith con Rithiam.

Las bestias se movían a gran velocidad, y Rithiam se revolvía incomodo en su asiento.

-¿Estas bien Rithiam? –Preguntó Wulffrith-.

-Si –Respondió el-. Solo estoy incómodo.

-Vale, tú aprovecha y descansa.

Rithiam se recostó un poco contra el pequeño respaldo que tenía su asiento y cerró los ojos dispuesto a dormir, el no dormía, es decir, no necesitaba dormir, pero lo hacía de vez en cuando por que le gustaba, también lo hacía porque en esos momentos le recordaba a su hogar, y a su madre.

Rithiam solo tenía seis años la última vez que vio a su padre, él era un templario destinado a la isla de Vasago que se enamoró de una joven de un pueblo de mercenarios a unos cuantos kilómetros de su fortaleza.

Al final se casaron, tanto por los ritos de uno como los de otro, y tuvieron un hijo, al que llamaron Rithiam, y al que apellidaron, según las costumbres de la isla, con los nombres de su madre y su padre, ella Ildi y el Tibor.

Rithiam Ildi Tibor creció feliz en su aldea, era un niño alegre, cariñoso y extremadamente travieso, y pasaba la mayor parte del tiempo con su madre y la ayudaba en todo lo que podía, ya que su padre pasaba mucho tiempo fuera de casa.

Al ser un templario, Tibor pasaba mucho tiempo realizando expediciones y cumpliendo con su cometido para con la orden, quería a su familia, pero le debía fidelidad a su orden. Aun con todo, Rithiam estaba encantado con su padre, él era su héroe. Viaja por el mundo viviendo aventuras, encontrando tesoros, y cuando volvía, siempre le traía algún regalo, un barquito de madera de las tierras orientales, un animal del norte tallado en hueso, un libro de aventuras del lejano desierto…

Quería a su padre y a su madre por encima de todas las cosas, pero entonces un día su padre no volvió, salió a una misión, como tantas otras veces había hecho, solo que esta vez nunca le trajo un regalo, no le contó alguna historia a la vuelta, porque su padre no volvió a casa.

Si bien era cierto que en los últimos meses su padre se volvía más taciturno y reservado cada vez que regresaba, nunca había dejado de traerle algún regalo, y Rithiam no había dejado de quererle.

Pasaron los meses, pasó un año, y hasta su madre acepto su muerte, y levantó un pequeño altar con velas al lado del cofre con sus pertenencias. Rithiam se enfadó con ella por dar por muerto a su padre, aunque no le duro mucho, ya que era su madre y la quería, pero él no iba a dar a su padre por muerto.

A él le gustaba rebuscar de vez en cuando en el cofre de su padre, y jugaba a que encontraba un último regalo, una carta o algo que le daba una pista que llevaría al paradero de su padre, que estaría en apuros, y al que el rescataría.

Una mañana que Ildi había ido a comparar, Rithiam aprovecho para trastear con las cosas de su padre, como tantas veces había hecho, su madre no quería que lo hiciera, porque decía que había cosas peligrosas, por eso el aprovechaba cuando ella salía y él se quedaba cuidando la casa.

Abrió el candado del cofre, que su madre no sabía que él podía abrir, y comenzó a vaciar su contenido, una daga, una bolsa de cuero con mapas, una caja de madera con frascos llenos de líquidos y polvos de muchos colores, algo de ropa…

En el fondo del cofre se había quedado atascada una carta, está en si no tenía importancia, ya que su madre se la había leído alguna vez, solo era algo de la correspondencia que mantenía con ella cuando estaba fuera. Lo raro es que parecía que la carta se había aquedado encajada en un hueco entre el suelo del cofre y una de las paredes, y era raro, ya que estaba hundida hasta la mitad, cuando el cofre estaba totalmente pegado al suelo.

Tiró de ella con todas sus fuerzas, y la carta salió sacudiendo todo el suelo del cofre, dejándolo levemente inclinado, Rithiam estaba emocionado porque parecía que había encontrado algo. Cogió la daga y clavó la punta en el hueco entre el suelo y la pared del cofre, y comenzó a hacer fuerza para apalancar la madera y poder levantarla.

Al final lo consiguió sin más desperfectos que unos pocos arañazos en la madera y un pequeño corte en la mano derecha por no sujetar bien el cuchillo.

Levantó la placa de madera con sumo cuidado para que no se le cayera, y descubrió que bajo ella efectivamente había un doble fondo, un espacio oculto bajo el cofre de su padre, Rithiam no cabía en sí de la emoción.

Sin embargo, en este hueco solo había un objeto, una cajita de madera del tamaño de un joyero pequeño. La levantó, pesaba bastante para el tamaño que tenía, pero eso no le importaba, solo quería abrirla y ver el tesoro de su padre.

-¡Rithiam! ¿Qué haces?

El niño estaba tan concentrado que no se dio cuenta de que su madre había vuelto a casa, se giró con su llamada, pero ya había abierto la caja. Antes de que pudiera siquiera volver a mirar la caja, comenzó a sentir un terrible dolor lacerante que le subía por la mano hasta el hombro. Sentía como si le quemaran, le despellejaran y le cortaran todo el brazo a la vez, y durante unos segundos y se retorció en el suelo y grito con todo su ser, hasta que cayó desmayado.

Estuvo muchas semanas sumido en un estado entre la agitada inconsciencia y los terribles y dolorosos despertares, apenas comía, y aunque estaba en cama, tampoco descansaba mucho.

En uno de estos ciclos perpetuos de dolor y pérdidas de conocimiento, Rithiam se despertó y  a su lado, además de su madre, que siempre estaba a su lado cada vez que despertaba, se encontraba un hombre. Al principio le costaba enfocar la vista, pero tras unos segundos reconoció a Chel, un hombre algo mayor de su pueblo que no tenía mucho trato con apenas nadie, pero que por lo que recordaba se llevaba bien con su padre.

-Rithiam, ha venido a ayudarte –Dijo Ildi acariciando la mejilla a su hijo-.

Rithiam aun sentía terribles dolores, pero entonces Chel poso su mano sobre el brazo del chico, y este noto como un potente frio, pero extrañamente agradable, se extendía por su brazo aliviando el dolor al instante.

Solo entonces se atrevió a mirar hacia su brazo derecho, en todas las veces que había despertado, le había dado miedo mirarlo, aunque lo que vio era mucho peor de lo que esperaba, su brazo estaba corrompido y se había transformado en una extremidad deformada por alguna clase de fibras negras que lo recorrían entero, formando extraños surcos, saltando de un lugar de su brazo a otro, o cambiando a colores más rojizos en otras zonas.

Rithiam se puso nervioso y empezó a gritar mientras intentaba arrancarse aquella cosa del brazo, sin embargo, empezó a dolerle otra vez de aquella manera tan terrible y cayó al suelo llorando. No se le calmó el dolor hasta que Chel volvió a tocarle el brazo.

-Tranquilízate pequeño –Dijo-. Vas a tener que aprender muchas cosas.

Durante los siguientes meses, Rithiam aprendió una pequeña parte de los secretos del némesis de la mano de Chel, no era fácil definir que era, era una energía fría y oscura, y sin embargo bastante reconfortante.

Fue de las cosas más difíciles que Rithiam había hecho y que probablemente haría, pero al final consiguió aprender a utilizar esa energía en su provecho.

Con ella podía neutralizar el dolor de su brazo, o cualquier otro, y eliminar las necesidades de comer y dormir.

Una vez relativamente recuperado, su madre le mantuvo en casa todo lo posible, no quería que su hijo se expusiera a que descubrieran lo que le había pasado, por que quien sabía lo que harían con él.

Lo cual le dio a Rithiam tiempo de sobra para acostumbrarse a su brazo, a y a descubrir lo que podía hacer con él. Cosas que mantuvo en secreto y muy pocas personas sabían, como su madre, Chel, o en el futuro, un hombre que cuidaba de el llamado Wulffrith, que resultó ser también una de las pocas personas que no solo conocían, si no que sabían utilizar la energía del némesis.

-Eh, chico, despierta.

Wulffrith zarandeaba suavemente a Rithiam para despertarlo, no se había dormido muy profundamente, solo lo suficiente para soñar y recordar a su madre y a su padre.

-¿Ya hemos llegado? –Dijo frotándose un ojo y desperezándose en la silla. Aún continuaban montando por el bosque.

-No, pero debemos andar cerca, la flecha va girando cada vez más.

Efectivamente, tenían que ir corrigiendo a sus monturas cada vez más a menudo, hasta que a la cabeza de la fila, Einar les pidió que pararan.

Estaban en una zona del bosque con árboles algo dispersos, pero con un tupido manto de helechos entre ellos.

Desmontaron, y anduvieron un poco para estirar, y continuaron siguiendo la flecha, con Einar a la cabeza sosteniendo la brújula. Hasta que repentinamente, se lo tragó la tierra. Todos corrieron al lugar en que había desaparecido.

-¡Deteneos! –Se escuchó que gritaba-. ¡Aquí hay una sima!

Apartaron unos helechos, y vieron que estaban tapando la entrada a un agujero poco mayor que un pozo que se adentraba en la tierra de cuyo borde estaba sujeto Einar con las manos.

Le ayudaron a salir, y comprobaron al rodearlo con la brújula, que era el sitio que estaban buscando.

-Bueno, pues ya sabemos lo que estábamos buscando –Dijo Ban mirando abajo-.

-Sí, busquemos algo para bajar con seguridad –Dijo Wulffrith dando un pequeño golpe a Einar en el brazo.

Personajes de rol por @Dravecroft

Deja un comentario