6. El puente y la isla

Tras un día de merecido descanso gracias a la hospitalidad del pueblo de los Devah, estuvieron listos para salir en busca de la forma de escapar de aquel mundo en el que ahora habían descubierto que estaban atrapados.

Einar se había recuperado asombrosamente rápido gracias a los cuidados de sus anfitriones, ellos desde luego conocían mucho mejor que ellos los peligros y misterios que entrañaba ese bosque.

Se encontraban a las puertas de lo que esa gente debía llamar establo, aunque desde luego ni había nada que ellos pudieran reconocer como un caballo. Había una serie de criaturas que les era imposible reconocer como provenientes de su mundo. Había numerosos ejemplares de distintos tamaños de la extraña tortuga gigante en la que habían llegado al poblado. Una de los tipos de criaturas que había allí era algo parecido a un escarabajo rinoceronte, pero del tamaño de un rinoceronte de verdad, haciendo que el cuerno que sobresalía de la coraza de su frente era del tamaño de una lanza.

Otra de ellas era extraña de identificar, habían oído que en países extranjeros, había gente que cabalgaba en unas aves gigantescas que no podían volar llamadas avestruces, habían oído hablar de ellas y sabían el aspecto que debían de tener, y estas criaturas debían ser como ellas, pero si un avestruz suponían que debía medir poco más de dos metros, estas criaturas rondaban los cinco metros, y tenían la cola formada por plumas largas y estilizadas colocadas hacia atrás como un pavo real. Sus plumas eran de colores chillones y tenían unas patas largas como una persona y muy musculosas.

Si bien la que parecía un avestruz era difícil de identificar, la siguiente era casi imposible de relacionar con una criatura de Gaïa. Parecía alguna clase de hiena, chacal o lobo, pero de un tamaño que superaba al de un caballo, y sus extremidades, en lugar de crecer hacia abajo como la mayoría de mamíferos, crecían más hacia los laterales, como los lagartos, haciendo que pareciera que estaba continuamente agachada acechando algo. No tenían apenas pelo en su cuerpo, y la parte baja de sus paras, estaba protegida por alguna clase de cubierta ósea, que en sus patas delanteras despuntaba creando una especie de alerones de casi un metro de longitud.

Todas eran sumamente extrañas, pero andaban todas dentro del cercado sin pelear ni molestarse entre ellas, con algunas personas que seguramente fueran cuidadores dando vueltas entre ellas dándoles alimento o cuidándolas.

Una persona a la que reconocieron como el hermano de Wendis, el hombre que les recibió en el poblado nada más llegar, estaba allí cuidando de los animales. Se quedaron cerca de la entrada esperando pacientemente como se les había indicado, y tras unos minutos vieron como el hombre se fijaba en ellos e iba a recibirles con numerosos arreos y armazones de cuero colgados de la espalda. Los dejo caer a sus pies, hechos una maraña ininteligible de cuero, tela y metal.

Ban se agachó a inspeccionarlos, pero solo pudo ver que algunos eran similares a los que se usaba para atar caballos, nada difícil de averiguar, dado el contexto.

-¡Hola! –Les saludó amablemente levantando una mano-. Soy Cathan, se supone que tengo que prestaros una montura, eso me han pedido, así que seguidme y tened cuidado, no quiero tener que sacar vuestros huesos de entre los dientes de ninguno de mis pequeños –Dijo con una sonrisa pícara-.

Les guio por los terrenos que ocupaban las criaturas, algunas se dedicaban a comer frutos de los árboles o a beber de pequeñas charcas, mientras que otras descansaban plácidamente sobre la hierba.

Se acercaron a un par de las criaturas con plumas, parecidas a avestruces, estiraban el cuello alternativamente para coger frutas parecidas a manzanas de lo alto de un árbol, las dejaban con cuidado en el suelo, y picoteaban poco a poco. Vistas más de cerca eran tremendamente hermosas, una de ellas tenía el plumaje de la cabeza de rojo intenso, que a medida que bajaba por el cuello se tornaba naranja, para seguir aclarándose hasta volverse amarilla en pecho y espalda hasta las puntas de las plumas de la cola y las alas, que volvían a ser ligeramente rojizas. El otro, tenía la cabeza completamente negra, que bajaba tornándose rojo por el cuello, hasta convertirse en su espalda y pecho rosas, con los extremos de las alas negros de nuevo.

-Bien, estas son mis chicas. –Dijo acercándose a acariciarlas, nada más acercarles la mano, acercaron la cabeza para dejarse tocar por él, era obvio que confiaban en el-. Los llamamos struthios, struts para abreviar, son tremendamente dóciles y rápidas, y pueden correr muchas horas seguidas, aunque no pueden cargar con mucho peso o pierden el equilibrio, tienen las piernas demasiado largas para tener un centro de gravedad seguro.

-¿Centro de que…? –Comenzó a decir Rithiam, pero fue interrumpido por la continuación de la explicación de Cathan.

-Deberíais quedároslas vosotras dos –Dijo señalando a Mizuka y Vin-. Pesáis menos que ellos, y les será más fácil llevaros.

En cuanto dijo eso, Mizuka se acercó a la que era de color rosa, despacio, con paso casi reverencial, y le ofreció una mano para que la oliera y se dejara acariciar. Se agachó y recogió una de las manzanas para ofrecérsela, mientras con una mano le acariciaba las plumas del ala.

De pronto, en un instante y con un ágil salto, Mizuka se subió a la espalda del strut rosa, sacó una cinta blanca de un bolsillo que anudo en torno a su cuello en forma de lazo y lo abrazó mientras exclamaba, -¡Tú serás Pinky!-.

Cathan estaba boquiabierto, claramente estupefacto, aunque no tanto como Pinky, que aunque no hizo nada, miraba a su cuidador como si buscara ayuda.

Por su parte, Vin se acercó con más cuidado a ejemplar naranja y amarillo, y estuvieron tanteándose mutuamente unos instantes hasta parecer que estaba cómodo con Vin.

-Vale… –Dijo Cathan algo desconcertado aun-. Para vosotros cuatro, seguramente os vaya mejor con unos latrans.

Les guio a una parte donde un par de personas daban de comer a unas cuantas de esas criaturas sin pelo a las que las patas les nacían del lateral del cuerpo. Carecían de pelo, pero su piel parecía fuerte, y en el grupo se podía ver que los había de distintas tonalidades de gris, negro y marrón.

Cathan cogió uno de los cubos para mostrárselo, había trozos de carne y pescador, y también algunas verduras y frutas.

-Comen casi cualquier cosa que les eches –Dijo acercando el cubo a uno de los latrans-. No requieren  muchos cuidados, son capaces de vivir perfectamente por su cuenta, son unas criaturas muy robustas. –Dijo palmeando el costado de uno de ellos-. Son bastante fuertes, estos si pueden cargar perfectamente con un par de vosotros, y son buenos corredores también.

Cathan guio al Wulffrith hasta uno de ellos, era de color marrón oscuro, como la madera de ébano, siendo las coberturas óseas un poco más claras, y su musculatura se marcaba por debajo de la piel.

Dejo de comer un momento para olfatear a Wulffrith y a Rithiam, al que tenía cogido de la mano. Husmeó un poco entre ellos, e incluso intento lame a Wulffrith, parecían increíblemente amigables, pese a su aspecto algo amenazador.

Ban estaba rondando al resto de latrans, los miraba y palpaba su piel, los examinó hasta que encontró uno que le satisfacía, cogió el cubo del que comía y lo alzo, para que comiera de sus manos, el latrans ni se molestó en mirar más allá de su comida si siguió.

-Yo me quedo con este –Dijo Ban decidido y sonriendo levemente-. Me gusta.

Una hora más tarde, Cathan les había enseñado a ensillar y a tratar con sus nuevas monturas, y salieron de la aldea por el camino que daba al norte. Ban y Einar iban montados en el mismo latrans, e iban delante, Ban guiaba su bestia mientras Einar comprobaba la ruta de vez en cuando con un rudimentario mapa que habían copiado, Mizuka y Vin iban en medio del grupo, y Wulffrith con Rithiam cerraban la marcha en su propio latrans.

Apenas una hora después de salir del poblado, Ban decidió poner a prueba su montura, así que la espoleó tal y como le habían dicho que hiciera e hizo que describiera un giro cerrado saltando desde un árbol, en el que se apoyó como un murciélago en una pared durante un instante, para lanzarse en la dirección que le indicaba. Einar se sobresaltó y dio pequeño grito.

-Fanfarrón –Masculló Wulffrith, mientras continuaba la marcha-.

Cabalgaron buena parte del día, solo pararon a descansar lo justo, ya que su objetivo estaba bastante lejos por lo que les habían dicho, y a la noche, cuando pararon para acampar, todos estaban doloridos, salvo Wulffrith y Rithiam, que parecían moverse aun con soltura.

-¿No os duele el culo? –Dijo Einar mientras estiraba los músculos-. Esa cosa se mueve como un demonio, mañana me va a doler todo.

-Que va, yo estoy genial –Dijo Rithiam saltando con algo de leña en las manos-.

-Si, a nosotros no nos molesta el movimiento del latrans –Dijo Wulffrith-.

-Pues que suerte –Dijo Einar-.

-¿Seguro que te encuentras mejor? –Preguntó Vin-. Hace solo un par de días estabas aun en cama por el veneno.

-Sí, me encuentro genial.

-¿Ya manejas bien el brazalete ese? –Le pregunto Wulffrith-.

-Si –Dijo subiéndose la manga-.

Los Devah le habían hecho a él también un regalo, aparte de salvarle la vida, una vez se había recuperado, le habían dado una curiosa ballesta de mano. Se acoplaba al antebrazo como una muñequera o brazalete, y plegada no abultaba mucho más que un guardabrazos común. Sin embargo, con un movimiento de muñeca, los laterales del antebrazo se desplegaban, y se convertían en el arco de la ballesta. Lo más curioso era que no utilizaba proyectiles, si no que empleaban el ki del usuario como munición, lo cual la hacía muy útil, pero también peligrosa para alguien que no era usuario de ki ni conocía sus capacidades.

-Aunque no sé si quiero usarlo mucho –Dijo-. No quiero consumirme, una vez vi a un tío que agotó todo su ki combatiendo, y por poco murió. No quiero arriesgarme.

-Yo podría ayudarte –Le dijo Ban-. A controlar un poco mejor tu ki, y a aprovecharlo, podrías hacer más cosas que disparar esa ballesta.

La noche transcurrió sin mayores dificultades, y día tras día se iban acostumbrando a la selva, a los peligros que entrañaba y a las maravillas que ofrecía. Cuanto más tiempo pasaban allí, más se daban cuenta de que no estaban en Gaïa.

Tras cuatro días de  marcha, estaban ya muy cerca de su objetivo. Según el mapa que tenían, en el centro del continente, en el que estaban representadas las montañas y masas de selva más importantes, así como los ríos, en el centro, había un vacío, un mar interior, y en el centro de este, una isla conectada a tierra por un puente, también representado. Y según el mapa y sus cálculos, tenían que estar ya rozando del borde de la costa, a punto de dar con el mar interior.

Ban y Einar iban a la cabeza, por delante del resto, por eso cuando gritaron para que detuvieran todos la marcha no se inquietaron, salvo por que lo hacían con un extraño tono de alarma.

Frenaron durante los pocos metros de selva que les quedaban, habían llegado a lo que debía ser el limite donde empezaría la costa, y el mar. Pero lo que vieron al salir de entre los árboles, no era una playa, ni un mar, ni muchísimo menos.

Justo al dejar atrás la vegetación, tras unas pocas decenas de metros, el suelo se venía abajo dejando poco más que un abismo inmenso y circular, con kilómetros y kilómetros de longitud entre su posición y el extremo opuesto, tenía una forma circular, como mostraba el mapa, pero lo que habían tomado como mar era en realidad una caída a al vacío.

O ni siquiera eso, cuando mirabas al fondo de un acantilado o abismo, podías ver el fondo, o no ver más que la oscuridad que se tragaba el fondo. En este, sin embargo, lo que se veía en el fondo era una luz potente que nacía de la nada, varios cientos de metros por debajo de sus pies, y que cubría toda la circunferencia y la llenaba como un lago de luz inmenso.

Era inquietante, daba la sensación de que en lugar de emanar del fondo y cubrir las paredes del abismo, era el propio continente el que flotaba sobre una extraña masa luminiscente, y el solo mirar abajo y contemplarla, les producía algo de vértigo.

Tanto Vin como Ban sintieron un fuerte escalofrío al contemplarla, ambos habían podido apreciar parte del poder del orbe que les había llevado a ese extraño mundo, su poder mágico y espiritual, y es luz se asemejaba demasiado a la del orbe, desprendía una energía y un aura muy similar a aquella esfera.

-E…ee…esto es imposible –Susurró Vin-.

-¿Cómo puede ser verdad? –Dijo Einar fijando la vista en el otro extremo-.

-¿Cómo es posible? –Exclamó Mizuka-.

-Como brilla… -Dijo Rithiam, tras lo cual Wulffrith le sujetó firmemente la muñeca-.

A su derecha, en la lejanía, podían ver el puente, desde la distancia podían apreciar que estaba labrado en piedra de color claro, tal vez mármol, tenía un pasamanos y cada cierta distancia un arco con un farol. Y la propia isla, con el desconcierto de ver la extraña caída hacia la luz, no se habían dado cuenta de que la isla estaba allí, y se encontraba flotando en medio de la nada, sostenida únicamente por el puente en apariencia, no se veía bien desde allí, pero parecía que no había más que algunos árboles y un edifico bajo.

-Sea como fuere –Comenzó a decir Wulffrith-. Tenemos que llegar a la isla, lo que sea que nos hace falta para salir, está allí.

Avanzaron hacia el inicio del puente lo más rápido que les permitieron sus monturas, mientras bordeaban el límite del abismo, y tras unos interminables minutos de camino, no habían aparecido muy lejos de él, llegaron al inicio de este.

El puente era ciertamente inquietante. Lo que desde lejos habían tomado como un arco decorativo, tenía en realidad la forma de dos manos de piedra, una a cada lado del puente, con las manos extendidas y las palmas vueltas hacia ellos, con un gigantesco anillo de metal cada una a la altura de la muñeca, y una cadena con eslabones grandes como ventanas uniéndolos, dando la impresión de que se trataban las manos de una persona encadenada.

Era una visión siniestra comparada con el resto del puente, de cerca, era casi una obra de arte, el suelo estaba formado por losas de piedra blanca que imitaban la forma de las escamas de un pez, tan bien encajadas, que no  había la más leve grieta entre ellas, la baranda de los lados, de un mármol tan bien cuidado que no habría desentonado en ningún palacio, y a intervalos regulares, había columnas el doble de altas que una persona, unidas por una intrincada decoración hecha con filamentos metálicos, que guardaba en su centro un pequeño globo de cristal que emitía una débil luz azul.

Ban se acercó a una de las estatuas que había por columnas del arco inicial, las manos eran enormes y estaban talladas hasta la mitad del antebrazo, donde se metían bajo la tierra, lo que hacía que cada mano mediera más de quince  metros. Araño un poco la piedra de la mano, y escarbo algo en la tierra, no pareciera que hubiera nada extraño más allá de la propia forma y situación de las manos.

Ahora que estaban al lado del puente, sus monturas parecían estar nerviosas, todas ellas se revolvían y hacían difícil seguir encima de ellas, por lo que la mayoría ya habían bajado.

-No va a tocar hacer a pie el último tramo –Dijo Einar-. Deberíamos empezar ya, no quiero llegar de noche a la isla esa.

El sol estaba ya bajo, y aunque era una imagen relajante y tranquilizadora, también significaba que les quedaban apenas un par de horas de luz decente, y el puente era lo bastante largo como para consumirles una buena parte del tiempo.

La caminata duro cerca de una hora, y para cuando llegaron a la isla, la luz anaranjada del atardecer ya lo cubría todo.

Una vez la tenían delante, la isla no era demasiado grande, en pocos minutos habrías podido recorrerla entera, no era mucho mayor que la plaza de cualquier pueblo. Había unos cuantos arboles desperdigados, y en el centro, había un edificio, solo tenía un piso de altura, y era bastante sobrio y sencillo, pero parecía también bastante cuidado. Justo enfrente del puente estaba la entrada, que consistía en un tejado con forma de semicírculo de piedra blanca decorado con columnas, que desde fuera se veía que daba paso a una sala circular.

Esta sala estaba totalmente  a oscuras, salvo por la escasa luz que entraba por la puerta, que aunque de grandes dimensiones, no servía de mucho, aun así, se podía ver que el suelo estaba formado por losas de mármol de diferentes colores y muy pulidas, colocadas sin aparente orden, creando un mosaico de infinitas tonalidades. Y en el centro de la sala, se discernía la silueta y parte de la forma de alguna clase de estatua, de unos cuatro metros de altura, que representaba a alguna persona, que aunque no se distinguía bien, se veía que tenía unas proporciones algo extrañas.

-Esto no me gusta –Dijo Vin-.

-A mí tampoco –Contestó Einar-. Pero tenemos que entrar, no nos queda otra.

Vin creo una pequeña luz para iluminar la sala, y empezaron a entrar a través de las columnas. Una vez dentro, con iluminación, pudieron ver que la estatua en realidad no era una persona como tal, si no alguna clase de caballero armado, con una extraña armadura que cubría todo el cuerpo, y que estaba entera recorrida por runas desconocidas para ellos. La coraza, el asco, los guardabrazos, todo era de un tamaño considerable aun teniendo en cuenta las dimensiones de la estatua.

-Esto no me gusta –Volvió a repetir Vin poniéndose nerviosa-. No me gusta nada este sitio.

Todos pudieron ver como sus manos comenzaban  a iluminarse, de cada una surgía un pequeño aura iridiscente que las envolvía. Intentaron acercarse a tranquilizarla, pero antes de que pudieran hacer nada, de sus manos salieron dos rayos de luz que impactaron en la estatua en el pecho.

Se escuchó un crujido metálico, y todos miraron la estatua esperando lo peor, aun recordaban los incidentes ocurridos en la cueva que estaban explorando días atrás, y así fue. En los lugares donde habían impactado las descargas de Vin, la piedra se había rajado, y había dejado al descubierto una capa de metal blanco que había por debajo, en pocos segundos, la piedra comenzó a caer, como si no fuera más que una fina cubierta que había por encima de la auténtica “estatua”.

Cuando el último pedazo de piedra cayó, dejo a la vista lo que era una imponente armadura mecánica de casi cuatro metros, hecha enteramente de metal blanco y negro, y con runas de color  rojo inscritas por todas partes. Un agujero en el casco, un único y terrible ojo amarillo se iluminó, y la armadura dio un paso al frente.

-¡Atrás! -Exclamo Wulffrith dando un par de pasos hacia delante-.

La armadura dio dos veloces pasos hacia él, que levanto la una mano de la que surgió un escudo verde y semitransparente, se agacho ligeramente, y apoyo la mano libre contra el escudo también. En carrera, la maquina levantó los brazos y los descargó sobre Wulffrith, que aunque estaba preparado para recibir el golpe, apenas pudo aguantarse en pie.

Ban cargo el arco, Einar desenfundo su espada, y Mizuka se lanzó al combate haciendo surgir sus dagas. La atención de la armadura estaba repartida entre varias personas, y Wulffrith saco su katana y la prendió en llamas.

Todos atacaban como bestias, y se defendían como podían, Wulffrith fue lanzado un par de veces contra la pared en el combate, y Einar llevó un golpe que le nublo la vista unos segundos y le hizo sentir el sabor a sangre en la boca, hasta Mizuka estaba contra las cuerdas.

Esta máquina estaba a un nivel totalmente diferente de las que se habían cruzado antes, era mucho más rápida, robusta y fuerte. Hasta Rithiam, preocupado por la apurada situación en la que se encontraban sus amigos, se lanzó a la batalla y trepo por ella para tratar de taparle la vista. Ban intentaba buscar algún punto débil, y Vin atacaba tanto como podía, buscando hacerle mella a toda costa.

Fue un duro combate del que no salieron indemnes, Vin estaba exhausta, y tanto Wulffrith, que sangraba profusamente por una ceja, como Einar y sus costillas doloridas y Mizuka, acabaron magullados y exhaustos. Pero al final, consiguieron dar el golpe de gracia, y Mizuka le cortó la cabeza limpiamente, que cayó al suelo con un fuerte repiqueteo, al que siguió el estruendo del enorme cuerpo cayendo.

Al igual que lo hicieron aquellos a los que se habían enfrentado antes, este comenzó a corromperse y a desmoronarse, convirtiéndose en poco más que polvo y rastros de óxido. Pero a diferencia de los que ya habían visto, de este sí que quedo algo. De entre los restos que había en el suelo, podían verse tres cosas, una tabla de piedra de grandes dimensiones, un trozo de madera en forma de rombo redondeado, y una especia de anilla dorada minuciosamente ornamentada.

-¿Qué narices es todo esto? –Dijo Ban rebuscando entre los restos de la máquina-.

-No lo sé –Respondió Einar sujetándose el costado y resoplando-. Yo solo quiero descansar un poco.

Ilusatracion de Vin venture por @Dravecroft

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