2. Catacumbas y cavernas – Anima Beyond Fantasy –

Con la primera luz del quinto día, el barco llego a su destino. Un pequeño destacamento estaba esperándoles en la costa, donde pudieron fondear y llegar a la playa en una pequeña barca de remos.

Los siete integrantes del grupo, incluyendo a Rithiam que iba a hombros de Wulffrith, llegaron a tierra, y mientras Longoaken se ponía al día con dos de los soldados que les aguardaban, el resto se dedicaba a echar un primer vistazo al escenario de su expedición. La pendiente del agua era muy suave, lo que había hecho que tuvieran que mojarse los pies caminando hacia la orilla los últimos metros. Tras un trecho de fina arena de una playa casi paradisíaca y desierta, comenzaba súbitamente la espesura de un bosque, desde donde estaban se veían sobre todo palmeras y arboles tropicales, pero varios metros más allá se intuían las copas de árboles mucho más altos y frondosos. La naturaleza se presentaba ante ellos como una empalizada inexpugnable, rebosante de vegetación que les impedía el paso, salvo por un sendero que debían haber habilitado hombres que les habían esperado en la playa, a fin de llegar a su campamento.

-Me gusta este sitio –Dijo Ban, claramente complacido por estar en la naturaleza-.

-¡Sí! Añadió Rithiam- es una pasada.

Tras esos primeros minutos que se les concedió para habituarse al entorno de la isla, Longoaken encabezo la marcha por el sendero que se internaba en la isla. –Andando muchachos –exclamó- no estamos aquí para disfrutar de las vistas, quiero llegar al campamento antes de que el sol este alto.

Estuvieron andando buena parte de la mañana, la marcha les llevaba más esfuerzo de lo que se esperaban, puesto que la maleza seguía luchando por recuperar el camino. Einar empleo buena parte del camino intentando reconocer las plantas que encontraba, mientras que Ban se centraba en localizar algún animal, pero no oía nada, ni pájaros, ni un mísero roedor correteando o insecto molestando. No había visto nunca un bosque en el que no hubiera ningún animal, y no solía escaparse nada de su mirada. Desde que tenía uso de razón, sus ojos habían sido de un color casi negro con franjas azules verdosas, lo que les daba un extraño aspecto espiral que no había visto nunca en ninguna otra persona. No conocía la diferencia entre luz y oscuridad, siempre podía ver con claridad. Y si se fijaba lo suficiente, o si tenía suerte, era capaz de sentir la energía espiritual de los seres vivos y objetos cercanos, su ki. Por eso le desconcertaba de sobremanera no ver ni sentir ningún ser vivo aparte de sus compañeros.

Vin, por su parte, seguía inmersa en lo que aparentemente eran oraciones, mientras que Mizuka se dedicaba a danzar por el camino recogiendo flores entre risas.

Justo detrás del capitán se encontraba Rithiam, con Wulffrith a su espalda, que no le quitaba ojo de encima. En los pocos días que hace que habían encontrado al chico, este se había encariñado del guerrero y no se despegaba de él, y que Wulffrith fuera bastante permisivo con el niño, desde luego ayudaba.

Una especie de torreón de piedra medio derruido, con su piedra carcomida por el tiempo y los elementos, advirtió al grupo que estaban llegando a su destino. Un claro en el bosque, cercado con una pequeña empalizada hecha con los troncos resultado de ampliarlo para que alojara el campamento. Este, aparte de la empalizada, estaba formado por una hilera de tiendas que servían a los soldados allí destinados a modo de dormitorios, un par de ellas bastante más grandes, cuya finalidad estaba por determinar, y el torreón, aparentemente muy antiguo, que se hallaba en el centro del campamento.

Había más soldados por allí, ya fuera dedicándose a labores de vigilancia, o a mantener el buen estado del campamento, incitado seguramente por su visita. Todos ellos vestían la misma armadura, una cota de cuero, ligera y cómoda, nada que ver con la armadura completa que calzaba el Capitán Longoaken, mucho más compacta y robusta que la de sus subordinados.

En cuanto llegaron al campamento y se percataron de su presencia, todos los soldados allí presentes se cuadraron un instante y les saludaron, no tanto por el grupo en sí como por su capitán, antes de proseguir con sus tareas. Uno de los soldados que les habían guiado hasta allí les acompañó a una de las tiendas de mayor tamaño, que resultó ser una especie de almacén de suministros, donde el grupo pudo reponer sus provisiones y llevarse cosas que les podrían ser útiles, como cuerda y antorchas.

-Muy bien –dijo el soldado- ahora que lo tenéis todo podéis empezar, ¿no?

-Si –contestó Longoaken girándose hacia su tropa- si alguien tiene que decir o preguntar algo, es el momento, y si alguien quiere marcharse, también ahora es el momento.

-¿Qué haremos con los objetos y lo que podamos encontrar allí abajo? –Pregunto Vin-.

-Cualquier objeto y magia que encontremos allí será trasladada desde campamento a la fortaleza de Tol Rauko para su estudio y clasificación –Respondió- y bajo mi único criterio personal –enfatizó- lo que encontremos también podría ser destruido en el acto bajo mis órdenes, si considero que no debe ver la luz del día.

Tanto Vin como el resto asintió en señal de haber entendido sus instrucciones.

-¿Y que pasara con las criaturas que podamos encontrar? –Dijo Ban llevando su mano instintivamente hasta su arco- ¿Podremos quedarnos con nuestras capturas?

-Eso queda bajo mi criterio también –Le dijo- no matareis nada sin mi permiso explicito, los seres vivos que podamos encontrar aquí también son posible objeto de estudio –continuó- y a mi discreción queda el sí matamos algo o no, y el que hacer con ello.

-Entiendo –dijo Ban visiblemente decepcionado-.

El resto del grupo no parecía tener nada que añadir, y finalizados los preparativos y las preguntas, nadie iba a echarse atrás, por supuesto, hasta el pequeño Rithiam, un niño de tan solo diez años, estaba ansioso por entrar al lugar del que estaban hablando, ya fuera por ingenua curiosidad o por temeridad y valentía. Fueron conducidos a la segunda de las tiendas de mayor tamaño, que estaba justo al pie del torreón.

-¿Que es esa torre? -Pregunto Wulffrith- parece bastante antigua.

-Es muy antigua –Confirmó el soldado- el paso del tiempo no ha sido amable con ella, pero teniendo en cuenta que debe tener más de ochocientos años, yo la veo muy bien.

-Impresionante –Dijo Vin, mientras Einar alzaba una ceja en señal de sorpresa-.

-Así es –continuó mientras les  abría la tiendo para que entraran- suponemos que el resto de las ruinas serán más o menos igual de antiguas.

Lo que vieron ante ellos una vez entraron a la tienda, fue que estaba totalmente vacía, no había muebles, ni objetos, la única función parecía ser cubrir el agujero que se abría en el suelo y daba paso a la oscuridad. Se trataba de un pozo, en apariencia natural, o fruto de algún derrumbe subterráneo de casi cinco metro de ancho y del que no se veía el fondo. Sobre el, habían montado un bastidor con cuatro patas, del que colgaban unos aparejos que debía servir para descender con seguridad. Todos se miraron durante un segundo, esperando a que uno fuera el primero en adentrarse, pero el Capitán se les adelanto a todos, cogiendo la cuerda con una mano, y dejándose caer por el agujero.

Ban fue el siguiente, que bajo tan emocionado que ni se molestó en usar la cuerda, por lo que habían escuchado al bajar Longoaken, la caída debía tener apenas unos quince metros, y Ban pudo descender con suma facilidad, saltando de un lado al otro del pozo y frenando la caída con la fricción de pies y manos. Wulffrith bajó después, con Rithiam firmemente agarrado a su espalda.

Einar se encontraba al borde lo que le parecía una estrecha tumba, dudando de cómo o incluso de si bajar, cuando Vin se dio cuenta de sus dudas -¿Ocurre algo? –Le preguntó- ¿necesitas ayuda?

-No, no pasa nada –Dijo Einar, aunque hablaba más su orgullo que su razón-. Ya bajo.

Se agarró a la cuerda y salto, aunque tenía las manos tan agarrotadas que apenas descendía, no tenía problemas con la altura, había saltado de sitios más altos sin estar siquiera seguro de si algo frenaría su caída, su problema estaba con el ancho del pozo, lo que para sus compañeros sería una amplia bajada, para él era una sofocante grieta, según se internaba notaba como se le aceleraba salvajemente el pulso, y le faltaba el aire. Tenía que luchar con todas sus fuerzas para no gritar y empezar a trepar de nuevo hacia arriba. Cuando aceptó este trabajo, se esperaba algo más al aire libre, alguna antigua ciudadela o edificio en ruinas, no un pozo a lo que le aprecia la muerte, apenas había podido mantener la calma cuando al explicarles a donde iban, se había enterado de la parte de la cueva. Aun con todo eso, consiguió llegar al final de la cuerda, respirando pesadamente y cubierto de sudor. Instantes después ya se encontraban todos abajo, cuando Vin apareció descendiendo por la cuerda sin demasiadas dificultades.

Ante ellos se extendía un corto pasillo, que era la antesala de otra habitación, más amplia, y por lo que podían ver desde fuera, en la que había tres puertas. Una de ellas hacía tiempo que se había derrumbado, y era imposible atravesarla a causa de los escombros. Se acercaron con cuidado a la entrada de la sala, no sabían lo solido que podía seguir siendo toda esa estructura, cuando Einar les detuvo a todos de Improviso.

-Cuidado –Susurro con voz ligeramente temblorosa-, podría haber trampas ocultas aquí.

Se puso de rodillas lentamente, y empezó a palpar las losas del suelo con cuidado, de igual forma que comprobaba si alguna parte de la puerta se movía, o las juntas de la pared escondían algo, fui muy meticuloso, la ansiedad de estar encerrado bajo tierra en un estrecho pasillo aumentaba su paranoia.

-Vale, parece que no hay nada –Dijo al fin-.

Entraron en la pequeña cámara, el techo estaba abovedado, aunque buena parte se había derrumbado, además de la pared correspondiente a la puerta central, ya sepultada. Sin embargo, las puertas de los laterales, parecían en buen estado, y parecían dar a otros pasillos. Se acercaron a una y otra alternativamente, por una de ellas les parecía oír el ligero rumor del agua, así que decidieron que esa era la más prometedora y se dispusieron a cruzarla.

-¡Deteneos! –Exclamó Einar-. Podría ser peligroso ¿Es que soy el único que tiene cuidado?

Una vez más se agachó, y comenzó a examinar de forma exhaustiva cada losa y cada guijarro que rodeaba la puerta, hasta que acabo hartando a sus compañeros, que cruzaron la puerta a mitad del registro.

Todos avanzaron por el pasillo, que serpenteaba a los lados, y hacia arriba y abajo a veces, mientras el sonido del agua se iba intensificando. Ban Pelt iba a la cabeza, precediendo al grupo, ya que no necesitaba de la luz de sus antorchas, y Einar iba detrás del todo, molesto por la falta de cuidado y la temeridad de sus amigos, aunque tampoco parecía echar en falta la luz de las antorchas, hacía mucho tiempo que no usaba una. El resto del grupo desfilaba por el pasillo, avanzando tras los pasos de Ban.

De pronto, el pasillo desembocó en una amplia sala, con apariencia de haberse formado de forma natural, el suelo había sido aplanado, pero las paredes curvas y el techo lleno de estalactitas eran señal de que no habían sido alterados. En el centro de esta, se encontraba el origen del rumor del agua, solo que aquí era mucho más fuerte. Había un enorme socavón en el suelo, que daba a una oscuridad inmensa, y del que salía el sonido del agua cayendo, una cascada subterránea probablemente.

Ban Pelt lanzo una roca por el pozo, pero no llego a escuchar cuando caía, el agua amortiguaba todo sonido, y su vista no alcanzaba a ver el fondo, era imposible saber la profundidad que tenía.

-¿Qué deberíamos hacer Capitán? –Preguntó Ban-.

-Yo podría… ayudaros a descender, por así decirlo –Dijo Vin-.

-No, no vamos a bajar por ahí sin saber que o quien hay, o sin tener un modo de subir asegurado –Respondió el capitán, mirando de soslayo a Vin-. Así que volvamos atrás y cojamos el otro pasillo.

Dieron media vuelta y volvieron sobre sus pasos, hasta que llegaron a la sala abovedada de la que salía el otro pasillo.

Se acercaron al arco de la puerta, había alguna piedra que parecía algo suelta, pero tenía un aspecto solido en general. Iban directos a cruzarlo, cuando Einar aceleró el paso y se puso a la cabeza del grupo. Cuando estaba dispuesto a agacharse para comenzar de nuevo a comprobar si el suelo o las paredes escondían alguna trampa, Longoaken le sujeto por el hombro y le dijo:

-Como vuelvas a pararte a buscar trampas, te lanzo por el pozo de ahí detrás, así averiguamos que hay al fondo de la cascada. Es obvio que aquí no hay nada peligroso, al menos no trampas -Dijo mientras continuaba abriendo la marcha-.

El pasillo por el que se adentraban, no hacía más que girar y girar, y pasados unos minutos, se convirtió en unas escaleras que descendían abruptamente. Los escalones habían sido tallados directamente sobre la roca, al igual que el túnel, y aunque estaban bastante desgastados en algunos puntos, estaban en buenas condiciones. Cada cierta distancia, la escalera dejaba de bajar y les permitía descansar antes de continuar su descenso. Estuvieron bajando durante bastantes horas, o al menos eso les pareció, porque cuando llegaron al final de las escaleras tenían las piernas entumecidas y estaban hambrientos. Se habían adentrado en las ruinas por la mañana, y debía ser ya tarde, seguramente no faltara mucho para que anocheciera.

Al final de las escaleras, y tras un corto pasillo, salieron a una gigantesca caverna, Einar podía respirar un poco más tranquilo, todo estaba en absoluta oscuridad, el techo y las paredes estaban tan lejos que sus antorchas no llegaban a alumbrarlas, y el sonido del agua volvía a oírse en algún lado de la cueva, aunque el eco hacía difícil decir de donde venía el sonido. Avanzaron unos cuantos metros, con cautela, ya que la mayoría de ellos no sabía por dónde podían avanzar, ir prácticamente a oscuras era una tarea muy difícil.

De pronto, Vin se separó del grupo, se quedó unos pasos por detrás del resto, comenzó a realizar extrañas gesticulaciones con las manos, a la vez que movía los labios en una extraña oración apenas audible. Una ligera brisa se levantó en la caverna, y de entre sus dedos comenzó a salir una luz tenue, pero que iba aumentando su intensidad por momentos. Los rayos de luz se condensaron en una esfera, que salió volando de sus manos hasta el centro de la caverna, casi a la altura del techo, donde comenzó a brillar con más intensidad, como si fuera un faro o un sol en miniatura, dejando ver lo que había en la caverna.

El túnel por el que habían venido quedaba detrás de ellos, y caminaban por el suelo de roca, en el que de vez en cuando había restos de piedras labradas por personas que debían haber sido pequeñas construcciones en otro tiempo, la salida estaba en el extremo opuesto, por un camino que bordeaba la pared de la cueva. El suelo estaba dividido aproximadamente por la mitad, siendo una de estas mitades por donde estaban caminando, y la otra mitad desaparecía, dando lugar a un precipicio, un acantilado de unos cuantos metros que contenía un gran lago subterráneo, abastecido por una cascada que venía de un agujero en el techo, sin duda la que habían visto en la sala de mucho más arriba. Así quedaba la cueva dividida en dos partes, el suelo, más o menos llano y con vagos restos de construcciones, y el lago que había por debajo. Lo que más llamaba la atención eran dos pequeñas torres, edificios de varias plantas y estrechos que había cerca del límite del desnivel. Tenían un aspecto muy antiguo, y por la forma que tenían arriba del todo, habían sido mucho más altas y los pisos superiores se habían derrumbado, tal vez cayendo al lago.

-¿Qué ha sido eso? –Dijo asustado Einar mirando hacia donde había surgido la luz-.

-¿Has sido tu Vin, verdad? –Preguntó Ban-.

-¿Cómo has hecho eso? –Exclamo Wulffrith llevándose la mano a la espada-.

-He sido yo, si –dijo la joven- solo nos he ayudado un poco a ver por dónde vamos.

-Tranquilizaos –Dijo el capitán de forma autoritaria-. Ha sido magia, es una hechicera, por eso está aquí. Sus habilidades podrían ser necesarias, y pedí que viniera con nosotros al conocerlas. Todos estáis aquí por un motivo u otro.

Una vez apaciguados los ánimos, continuaron la marcha hacia el centro de la cueva, situado entre las dos torres, a unos cuantos de cientos de metros de ellas. Querían montar un  campamento, descansar y comer. Así que nada más llegar a un sitio que les pareció adecuado, hicieron un pequeño fuego para cocinar, y ya de paso quitarse el frio de la cueva de encima.

Una vez con los estómagos llenos y calientes, y aunque Wulffrith apenas había tocado la comida, decidieron dormir por turnos, dejando siempre a un par de personas vigilando y cuidando el fuego, por suerte, entre las provisiones que habían traído, contaban con leña para bastantes horas de fuego.

Una vez descansados, se plantearon que era lo siguiente que tenían que hacer, cuál sería su próximo paso.

-Podríamos preparar una salida- Sugirió Ban-. Si vuelvo corriendo hasta la sala donde vimos la cascada podría bajar una cuerda hasta aquí.

-Imposible –dijo Longoaken- tardarías demasiadas horas en volver a subir y bajar, además, ni siquiera creo que tengamos cuerda suficiente.

-Sí, deberíamos explorar las torres de allí y luego continuar hacia la salida –Dijo Einar-.

-Me parece bien –Añadió Wulffrith-. Pero deberíamos separarnos, esta cueva es inmensa, tardaríamos horas en explorarla entera si fuéramos todos juntos.

-Estoy de acuerdo –Accedió Longoaken-. Haremos dos grupos, y cada uno exploraremos una parte de la caverna y cada una de las torres. Yo iré con Mizuka, Wulffrith y el chico, Vin, Einar y Ban, iréis por otro lado. Cuando acabemos nos reuniremos aquí y seguiremos hacia el camino del otro extremo de la caverna.

Así el grupo se separó y fue a explorar, cada uno por su lado. Revisaron el perímetro de la cueva y las paredes, en busca de alguna otra ruta que pudieran seguir, aunque no les dio la impresión de que así fuera. En el resto de la cueva, nadie encontró nada de importancia, solo restos de paredes derruidas que debieron ser edificaciones en su momento, y trozos de herramientas y objetos ya herrumbrosos o prácticamente destruidos.

Después de más de una hora de explorar, terminaron y ambos grupos se dirigieron a las torres. Estas estaban muy separadas entre sí, y no llegaban a oírse, y apenas a verse. Por suerte la luz que había creado Vin seguía luciendo e iluminando casi todo lo que alcanzaba su vista.

Wulffrith encabezaba la marcha de su grupo hacia la torre, con el capitán detrás de él, seguidos de Rithiam y Mizuka.

Rithiam estaba extasiado por las aventuras que estaba viviendo, no podía creerse la buena suerte que había tenido al dejarle acompañar al resto del grupo al interior de la cueva, y no quería que acabara nunca. Debido al incidente que había tenido hace años, aquel que había afectado al brazo que llevaba permanentemente cubierto, su madre no le había dejado demasiada libertad para salir de casa, y pensaba aprovechar esta oportunidad al máximo.

Iba caminando distraído, mirando a todas partes, al lado de una chica que iba no menos distraído que él, cuando vio algo que le llamo la atención, de entre los pliegues de los bolsillos de la bolsa del capitán, sobresalía algo que soltaba leves destellos azules. Antes de que pudiera darse cuenta, o hacer nada por controlarlo, su brazo derecho salió disparado como una exhalación hacia el capitán, y haciendo menos ruido que un copo de nieve cayendo, cogió el cristal y se lo guardo en su propia bolsa.

Se iban acercando a la torre, parecía bastante destartalada, cosa entendible teniendo en cuenta que le faltaban los pisos superiores, aunque la zona que se mantenía en pie aun parecía bastante sólida. El arco de la puerta estaba vacío, había restos de óxido en uno de los laterales, indicio de las bisagras de una puerta que hacía tiempo que se había descompuesto. Nada más entraron vieron una sala de aspecto sobrio, con todo el perímetro recorrido por solidas mesas de piedra, salvo una pared que tenía unas escaleras que subían al segundo piso. Todas las mesas tenían restos extremadamente oxidados de metal y herramientas, y en una de ellas Wulffrith distinguió los restos de una chimenea y losas de piedra descompuestas, debían ser los restos de algún tipo de fragua en miniatura.

-Subid a asegurar el resto de pisos –dijo el Capitán-. Yo voy a examinar esto con algo más de detenimiento.

Wulffrith hizo un gesto afirmativo y acompañó a Mizuka y Rithiam por las escaleras. Llegaron a una sala algo más amplia que la de abajo, o al menos esa impresión daba, ya que no estaba atestada de mesas y se veía más despejada. Lo único que se veía en la sala era una mesa cuadrada de piedra, de unos dos metros, y con alguna clase de objeto encima que estaba tapado con una lona tremendamente corroída por el paso del tiempo.

Mizuka y Wulffrith empezaron a examinar la sala, a pesar de que a simple vista no se veía nada aparte de la  mesa tapada con la lona. Pero Rithiam, movido por la curiosidad que posee todo niño, fue directo a ver que había debajo de la lona. Levanto uno de los lados de esta, y por un momento se asustó al ver un brazo de metal, pero enseguida se dio cuenta de que era parte una armadura. Levanto el resto de la lona para descubrirla, haciendo que el brazo se descolgara en el proceso, como si de una persona durmiendo a la que se le resbala el brazo se tratara.

-Mira Wulffrith –dijo Rithiam-.Es una armadura enorme y súper…

Pero no llego a terminar la frase. El brazo que había caído de la armadura, de pronto cobró vida, y sujetó firmemente al chico por la muñeca. De pronto, la armadura es incorporo y en un instante se encontraba sentada sobre la mesa.

-¡Ayuda! –Exclamó Rithiam intentado soltarse-. ¡Está viva! ¡Socorro!

-¡Rithiam! –Gritó Wulffrith desenfundando la katana y sacando la rodela-.

El guerrero salió corriendo hacia la armadura, que ya se había bajado de la mesa y estaba en pie, era algo más alta que él,  pero no le importó. Descargó la katana con todas sus fuerzas sobre el brazo que retenía a Rithiam. La espada hizo saltar chispas y abolló el metal, pero la mano no cedió y siguió sin soltar al niño. Al instante, por encima de él pasó Mizuka volando, no sabía desde donde había saltado, pero había pasado veloz como el rayo, con dos dagas de aspecto muy amenazador en las manos, no sabía de donde habían salido esas armas, nunca la había visto llevándolas, pero las llevo con increíble precisión a los huecos de la visera del yelmo de la armadura.

-A por sus ojos –pensó Mizuka mientras apuñalaba una y otra vez el caso, pero parecía inútil, no estaba notando que su arma diera en nada.

La armadura alzó el brazo que tenía libre y lo dejo caer con todo su peso sobre Wulffrith, este levanto su escudo, y apoyó ambas manos para intentar repeler el ataque. A duras penas consiguió desviarlo, y las rodillas se le doblaron bajo el peso del ataque de su enemigo.

-¡Hay que hacer que le suelte! –Ordenó Wulffrith a Mizuka-. ¡Ataca a su brazo!

Con la armadura aun inclinada a causa de su anterior ataque, Wulffrith alzó su arma a toda velocidad, propinando un golpe vertical al codo de la armadura, mientras que Mizuka acuchillaba el brazo que mantenía sujeto a Rithiam entre los huecos de las protecciones.

Con el sonido de un chasquido metálico, algunas piezas de la articulación se partieron y el antebrazo se desprendió de la armadura, cayendo al suelo y liberando a Rithiam.

Al mismo tiempo que el brazo tocaba el suelo, la armadura giró sobre sus talones intentando golpear con el puño a Mizuka, aunque esta logró esquivarlo sin mayores dificultades, dando un salto y dejando que el brazo pasara por debajo de ella sin apenas rozarle el vestido. La armadura era un ser fuerte, sin duda, pero no era rápido ni ágil, al contrario que ella.

Con el mismo giro de brazo que Mizuka había esquivado, la armadura golpeo a Wulffrith, si hacerle apenas daño, pero lanzándolo unos metros hasta chocar contra la pared.

-Apartaos –De pronto escucharon la voz del Capitán detrás de ellos, que se encontraba en posición de combate.

Tenía una espada larga en su mano izquierda, con la que apuntaba directamente al centro de la armadura. La espada era de una belleza exquisita, y se encontraba en ese momento envuelta en un aura que le confería un aspecto todavía más impresionante. Antes de que ninguno de los tres tuviera tiempo de pestañear, Logoaken lanzo una estocada al aire, y con una velocidad inusitada, casi desvaneciéndose y apareció detrás de la armadura, con un pequeño cristal esférico de color rojo clavado en la punta de su espada. El pecho de su enemigo tenia ahora un agujero de lado a lado, algo más pequeño que una manzana. El cristal se fragmentó en trozos minúsculos y cayó al suelo desapareciendo, en el mismo instante en el que la armadura se doblaba por las rodillas y la cintura, y caía al suelo.

La misteriosa fuerza que mantenía las piezas de la armadura unidas se desvaneció, desmontándose tan pronto tocó el suelo. Longoaken cogió una de esas piezas, solo pare ver como se convertía en polvo y oxido en sus manos. En pocos segundos, en el sitio donde había caído la armadura, no había más que un montón que nada tenía que ver con aquello a lo que se habían enfrentado momentos antes.

-Salgamos de aquí –Dijo el Capitán-. No hay nada más interesante, y deberíamos avisar al resto del grupo de que tengan cuidado.

Así, el Grupo formado por el Capitán Longoaken, Wulffrith, Mizuka y el pequeño Rithiam bajó y se dispuso a salir de la torre a buscar sus compañeros, aunque no iban a llegar a tiempo, ya que estos acababan de entrar en la torre que les tocaba explorar a ellos.

 

Imagen del encabezado: Wulffrith Sheepgold por el artista @DraveCroft

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